domingo, 24 de junio de 2012


Al margen

I
El se había visto agradable ese día en el espejo. Con un poco de vergüenza, sonrió al mirarse. “Soy lindo… o por lo menos, algo tengo”, pensó.  Si se acercaba mucho veía algunas líneas en su cutis, pero se aseguraba a sí mismo que esa proximidad no es frecuente cuando dos personas simplemente hablan.
Cuando estaba a punto de salir de su casa, con un par de minutos de retraso, se detuvo frente a la puerta. Volvió hasta su cuarto y se cambió los zapatos, agregó un cinturón a tono, y con soberbia seguridad enroscó una bufanda verde en su cuello. “Ahora sí”. Martín no era uno de esos tipos que cuando camina por la calle se mira de refilón en el reflejo de alguna ventana o vidriera. Es más, tenía cierto prejuicio hacia la gente pendiente de la propia estética.
Cuando llegó a la puerta, ya con un puñado de minutos más de retraso, se volvió a frenar. Corrió al baño. Se miró y acomodó con una precisión ridícula los flecos de la bufanda. Vigiló que la tira de su bolso atravesara en diagonal su pecho, dividiéndolo simétricamente. Creyó preciso encender la luz para un último vistazo. Al apretar la perilla, la luz duró milésimas de segundo, inmediatamente la lamparita se quemó. Un momento antes de comenzar a preocuparse por el fenómeno, sintió algo en su estómago. Cosquillas. La sensación se propagó hacia el esófago, y una vez arribada a la garganta, lo escupió:” ¡¿Pero qué estoy haciendo?!”. Sintió ese calor previo al sudor. Salió corriendo del baño, abrió bruscamente la puerta y se fue a la oficina.

II
¿Cuántas cosas no llegan siquiera a configurar un recuerdo, exactamente como si no hubiesen existido? ¿O es que dejan su paradero en algún desconocido lugar? ¿Incluso aquellos que no repasamos nunca en una narración? ¿Dónde están esos acontecimientos? ¿Tienen algún poder sobre nosotros?

Pasadas las doce del mediodía, la eventualidad de la mañana definitivamente ya no había existido. Martín ya no le prestaba atención a su bufanda, y se encontraba trabajando con su habitual concentración y empeño. Estaba en ese mismísimo lugar desde el cual jamás admitiría haber acomodado adrede aquellos flecos.

Sandra, sentada en su escritorio, trabajaba. Once años llevaban trabajando “juntos” en esa oficina, con los escritorios enfrentados, pasillo de por medio. “¿Prendés el aire?”, “¿Terminaste el informe?”, “Salgo un rato, ¿me cubrís?”. Durante once años los diálogos de Martín y Sandra no habían superado ese ángulo, el de la cordialidad-funcionalidad, o el vértice: convivencia básica. Nada había ocurrido de distinto aquel día, esta no es una historia de grandes eventos. Es decir, a los once años y un día, las cosas seguían iguales.

III
O casi iguales. La modificación es tan ínfima que casi no vale la pena narrarla.
El día anterior al de aquella irrelevante eventualidad, que llamaremos el día de los flecos, hubo algo. Algo que no puede caracterizarse como un evento. Ese día Martín, mientras trabajaba, escribió hasta pasar el margen de la hoja. Sí, ese fue el primer eslabón, al menos eso podría especularse. Este hombre no era exageradamente meticuloso, muchos menos una persona obsesiva, no tenía estos rasgos exacerbados. Simplemente: no solía escribir fuera del margen. Casi podría asegurarse que en estos once años nunca lo había hecho.
La reacción de Martín fue casi nula, mantuvo la mano suspendida en el aire unos instantes antes de continuar escribiendo en el renglón inferior. Luego terminó su tarea con seguridad.
El segundo eslabón fue el siguiente. Martín roza la mano de Sandra, deliberadamente, al entregarle el informe. Percibe algo más además de la suavidad. Percibe que ella prácticamente no lo nota. Al percatarse de esto último, cada uno de los objetos del lugar se volvieron a cubrir de polvo. Digamos que Martín miró a su alrededor al regresar a su escritorio, y encontró todo sencillamente en su lugar.
“¿Porqué rocé su mano?”.

IV
La verdad es que allí nunca hubo lugar para la atracción física. Ni si quiera para la vanidad. Sandra tenía el aspecto de una madre de familia y esposa algo cansada, con ojeras y algunas arrugas. No era una mujer fea, simplemente llevaba esas marcas en la piel y en los movimientos, que hablan por sí mismos de etapas ya concluidas, con aire determinante, irreversible. Ella estaba conforme con su vida, quizás por esto no resultaba atractiva. Parecía no proponerse seducir, ni consciente ni inconscientemente. Sólo se comportaba de manera funcional, funcional a lo vivido como su destino.
Ha de ser que algo en Martín se vio afectado al escribir en el margen de la hoja. Porque deambuló por otros márgenes, casi sin darse cuenta. Rozó su mano, sin entender porqué. Y antes de irse se encontró mirándola trabajar. Sandra no le llamaba la atención. Pero retrucando esta certeza, se detuvo a mirarla. Casi en un gesto de rebeldía.
Martín levantó su mirada hacia el techo, la lámpara que colgaba en medio de la oficina ya había perdido su color. Luego recorrió las ventanas, miró los pliegues de las cortinas también descoloridos. Revisó con los ojos un costado herrumbrado de la puerta que daba a la otra oficina.
Se levantó, tomó su abrigo, saludó y se fue.

V
“¿Cómo estás?”. Otra vez ese cosquilleo en el estómago. Martín abrió grandes los ojos, mostrando convicción. “-¡Ey, que cómo estas!”. “-¿Bien?, ¿Me alcanzás la abrochadora?”. Ante esta respuesta Martín suspiró. Otra vez el polvo sobre los objetos. Levantándose, le dio en la mano la abrochadora, y la miró sostenidamente a los ojos. No pestañeó. Esta vez ella algo notó. Martín al regresar, no pudo contener los pensamientos. “¿Porqué hago estas pavadas? ¡Es Sandra! ¡Es como la puerta y el armario!”.
A decir verdad, Martín era sincero con sus sentimientos, hasta algo frívolo en su franqueza. La situación le era incomprensible, sus emociones y sus actos contrastaban como rojo y verde, todas estas pequeñeces le resultaban prácticamente ajenas. Sin embargo estas pequeñeces comenzaron a repetirse, una y otra vez, sin superar el nivel de un roce o una mirada, pero de una manera extrañamente regular.

VI
Una hipótesis
Martín comenzó a construir simplemente porque allí sólo había muebles. La situación le parecía desafiante. Parecía que comenzaba a comprender algo, pero siempre sin poder detenerse en sus livianos y casi imperceptibles cortejos. Una y otra vez se preguntaba acerca de los motivos. Y el motivo parecía redundar en la falta de motivos.
Era una mujer casada, con hijos, algo avejentada, conforme, pero no alegre, indiferente, acostumbrada. Sometida a la vorágine de los deberes y roles que el destino ya había parecido consagrar para su vida. Era el retrato exacto de aquel punto hacia el cual los ojos de Martín jamás se dirigirían. Era el subsuelo de cualquier horizonte suyo. Pero algún factor desconocido, quizás el azar, una conjunción de diversos estados anímicos o lo que fuese, hizo que Martín escribiera hasta el borde de la hoja, comenzando a trazar un inesperado garabato dentro de la trivialidad más incolora.

VII
Hasta que sucedió. Martín se dio cuenta casi al instante, cuando la vio entrar. Una sonrisa contenida se esbozó en sus comisuras. Ella, la mujer casada, con hijos, conforme y acostumbrada, se movía como siempre.  Pero una fina línea azul recorría sus párpados, y sus pestañas se encontraban renegridas y más espesas. “¡Se pintó! ¡sepintósepintósepintó!”. Quizás ni ella comprendía qué hacía maquillada a las 7.30 de la mañana, en la oficina que sólo compartía con ese hombre un par de años menor que ella. Casado también, con una hermosa hija. Era tan inusual como tajante.
Sandra tampoco intentó franquear aquel grado de cortejos. Tan sutiles. Que tan inexplicablemente necesarios se habían vuelto. Nunca rozaron más que sus manos en algún gesto presuntamente desprevenido. Pero nunca pudieron dejar de hacerlo. Definitivamente no se trataba de una atracción física, mucho menos de amor. El narrador se arriesga a pensar que la deliciosa e incontenible sensación era la de la línea al margen de la hoja. Garabatos. La ventana abierta en la oficina. Respirar.







martes, 19 de junio de 2012

(de) adentro / (a) afuera




Mirada, mas compleja, enriquecida

Captura una escena,
recorta un escenario,
construye un mensaje
(reza el racional sentido).

Quizás allí radique
el problema
desde la concepción misma
de la idea
del proceso

Seguramente no será así
-razonamiento lógico, lógicamente limitado-
que se generen esas obras

Un adentro florecido
                                              (“enigmático, llamativo”,
                                 dicen los seres racionales
                                 que llegan a mostrarse
                                 mas interesados)

Un afuera en blanco y negro
                                                           (pesadumbre inevitable,
                                             de estos mismos seres,
                                             dentro de su jaula abierta)

Ojos,
piel,
latidos
en una escena.
Simple / Compleja.
Sonrisas
compañías
soledades
plazas
esquinas
tantos arboles!

Qué pena
desde este afuera ciego
hay partes de cada imagen
(que allí habitan,
que desde ahí nos gritan)
que nos deben estar vedadas
por discapacidad de sentidos
de cualquier transeúnte ra-cio-nal...

a-dentro
a-fuera
al revés.




martes, 22 de mayo de 2012

Comunión

sonreía como una luna en la noche,
mientras con inmensa humanidad, 
preparaba un dulce que nunca probé. 

delante una niña con los ojos muy abiertos,
estaqueados en las manos de la mujer de piel acarbonada.

la gente circula alrededor, ocupada, apurada,
pero allí, en ese rincón entre calles pequeñas,
acontece un hecho solemne.

la mujer y la niña visten ropas con los colores de un paisaje árido, 

ambas olvidan el tiempo y enmudecen los ruidos.

la luna se hincha mientras los brazos se alcanzan. 

con el cuidado que merecen los cristales, 
un dulce es trasladado de un lado al otro.

yo vi el inicio y desenlace: allí no hubo monedas.
sólo una luna, un dulce y un par de ojos despiertos.
un acto sagrado. una comunión.



















Reloj


Disparador (Horacio):
El otro día me sucedió algo de lo más extraño: en el continuo devenir de mi existencia se generó un blanco, un vacío, un ojo de tormenta en que ninguna aguja de ningún reloj me tironeaba hacía ingún lado. Entonces, después de llorar y patalear por la inconmensurable desgracia de haber sido olvidado por los dioses, arañé algo de compostura desde donde no la había y me resigné a pasar un rato conmigo mismo… extraña compañía, si las hay, para los tiempos que corren.
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En la habitación se detuvieron las agujas del reloj que colgaba de una pared. Quien lo había comprado años atrás dormía en la cama que estaba junto a la ventana. El reloj era cuadrado, marrón y de plástico: “chino”. Aires bovaristas poco decorosos enfundaban sus agujas con un papel metálico plateado, y trazaban, con notable vagancia, una serie de vetas irregulares que pretendían imitar la madera. Como si todo esto fuese poca humillación para la industria relojera, las agujas castañeteaban al marchar, y no me refiero al legítimo “tic-tac”, sino a un sonido estridente sin traducción convencional, parecido a: “chiquichik-chak”. Haremos un paréntesis histórico aquí para que el lector pueda dimensionar la aparente minucia que hemos descrito. Desde los inicios de la historia del reloj, allá por 1300, el sonido esperable siempre ha sido el mismo: “tic-tac”. Esto no es un mero capricho conservadurista, la maquinaria interna del reloj tradicional es de gran complejidad, y la limpieza del sonido que éste emite es un fiel retrato de su ajuste. Es por esto que un reloj fue por mucho tiempo una obra de arte. Y es por esto que los relojes a pila aún emiten aquel sonido característico: para mantener vivos los momentos adversos de su historia, conservar la identidad, y esas cosas que pasan en todas las comunidades. Además, el asentamiento de este sonido permitió a los seres humanos habituar el oído, y posteriormente el cerebro, pudiendo así dormir en su presencia sin que el inagotable compás alborote el sueño.
Esta digresión no sólo explica la calaña del reloj que protagoniza nuestro relato, sino que además explica algo crucial. Debido a las características del sonido en cuestión, a nuestro joven le llevó más tiempo del promedio iniciar los procesos de habituación mencionados, por lo que, en este caso, el repentino “no-castañeteo” de las agujas funcionó como despertador. Fue el silencio el que envió una señal de advertencia al interior del sueño que el muchacho que compró el reloj estaba soñando. De repente todo allí dentro enmudeció, y al despertar notó, no sólo que las manecillas estaban quietas, sino que todo a su alrededor descansaba en un profundo silencio. Pensó en levantarse y hacer lo de siempre para no dar importancia a la sensación fría que se le acababa de instalar en el pecho. Cuando se dispuso a hacerlo, retiró las sábanas, pero éstas no hicieron su típico frufrú, se puso las pantuflas, y éstas no rozaron entre sí, ni rechinó el suelo de madera cuando dieron su primer paso. Luego de algunos minutos de parálisis, y con un leve temblequeteo en sus manos y un brillo de transpiración en el rostro, nuestro protagonista desvió la dirección de sus pasos hacia el escritorio. Se sentó, mientras un pensamiento flotaba en el aire “quién se cree este venir a instalarse así en mi pieza”. Con un gesto de resignación tomó lápiz y papel, y como si escribiera algo que nítidamente se leía en un papiro del otro lado de su pecho, dibujó las siguientes palabras:

”el cosquilleo de las pestañas
cuando se arrima mi mirada
a tus ojos-tobogán”

Luego de separarse con desdén del papel y el lápiz, y como cualquier lector podrá anticipar, nuestro muchacho se dirige hacia la puerta con aires de abandonar la habitación, da un portazo y chiquichic-chak, todo a su lugar.



martes, 8 de mayo de 2012

Cuando un cóndor entra en una biblioteca

La mañana estaba tranquila, reposando en un rayo de sol. La biblioteca abrió temprano, porque había algunos que hacían cola desde temprano para entrar. Eran tantos los libros que llegaban por dìa que tenían que pedirle a las casas vecinas que les hicieran el favor de guardarlos... y claro que era muy bienvenidos! Si queríamos leer sobre filosofía pre-socrática íbamos a lo de los Pérez, si nos urgía algo de literatura francesa, a lo de Doña Elvira, y así... a veces había que faltar al trabajo porque el libro era extenso y tendríamos que pasar varios días en alguna casa ajena y no era cuestión de empezar un libro y dejarlo ahí, esperando. Porque otro seguro que también lo necesitaba.
Hasta que ese día, entró un señor peticito a la biblioteca y lanzó al aire un estornudo que rompe todos los vidrios... después, un hombre gordo, muy gordo, se deslizó por todo el salón riendo a carcajadas y los libros, del susto, salieron corriendo por la ventana. Por aquellos años, todos sabíamos de la hipersensibilidad auditiva de estos. Entonces fue cuando entró la mujer alta, altísima! que casi no entraba en la sala, asique tuvo que doblarse en dos para entrar por la puerta. Encendió un cigarrillo y exhaló una bocanada que se extendió a todo el lugar, adormeciendo a los guarda libros.
-Well, haven't you got anything to say? - dijo la señora y cerró la puerta.
Cuando todos los estantes de libros estuvieron vacíos, en el cielo raso se vió la sombra de un cóndor, extendiendo sus alas.
Lo mismo, así, exactamente pasó en todas las casas que cuidaban los libros... Bonjour, tristesse!
Eran difíciles los años '70.

jueves, 3 de mayo de 2012

No bar, no


Esta es la historia de un revolucionario de pelotudeces. Su propósito en la vida no era generar grandes cambios a nivel social, cultural o político sino más bien ir en contra de toda consigna impuesta, por más irrelevante que fuese. Incluso, a veces, iba en contra de su propio bienestar. Por eso le decían “el intrascendente”.
Así, este tipo realizó en su vida numerosos actos absolutamente triviales como no pestañear mientras miraba una película, sufriendo la consecuencia de sequedad en los ojos, ardor y su agregado de insultos permanentes por el malestar. En el cine, tampoco comía en el cine pochoclos sino más bien el maíz que no había derivado en “flor”.
Su preferida era rendir exámenes finales en la Universidad diciendo todo al revés, es decir, en un lenguaje incomprensible que él había apodado “ejaugnel” y que impedía arbalap alos anu in rednerpmoc seroseforp sol a...algo así. Tan es así que todos los docentes quedaban absortos antes los exámenes del tipo y sólo atinaban a estirar su mano, abrir la libreta en la hoja correspondiente, bocharlo y hacer un ademán con su cabeza del estilo “lo siento, nos vemos la próxima”. El intrascendente se levantaba y se iba, sin más.
Es imposible olvidar como él, el tipo, el intrascendente, se empeña en considerar un acto revolucionario escribir, en la computadora con distintos tamaños de letra y sonarse la nariz  con la manga de los buzos.
El intrascendente camina, a propósito, más cuadras de las debidas, por trayectos más largos y 5 minutos antes de lo acordado.
El intrascendente es ese tipo que trasciende sólo porque la gente se detiene a decir, únicamente, 5 palabras en referencia a él y sus conductas: ¿pero qué hace este tipo? Y cada uno sigue con su vida cotidiana, como si nada, sin darle importancia.
El tipo, los del tipo del intrascendente no progresan en sus vidas porque el progreso está subvaluado y porque miran al progreso con ojos de hereje; progresar es sinónimo de perecer. El intrascendente, justamente, es como una especie de electrocardiograma plano, sin ondas ni proyectos.
El intrascendente dice                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                          …porque si.
Continuará…

De Julios, Plastilinas y Me gustas...


CHOLu:
Me he quedado con una imagen de las palabras de Cortázar “…que se caiga al suelo y se rompa” ¿Metáfora de qué es esta escena? Al leerla algo me ha raspado las entrañas, como un cosquilleo frío, una advertencia. ¿De qué modos puede romperse el tiempo? Y más aún… ¿cómo es que éste puede “caerse”? No creo que Julio esté haciendo referencia a la sencilla y trivial idea del tiempo malgastado…ciertamente se trata de algo más…

CHOTe:
Regreso a mi casa. Tomo con cuidado el papel amarillo con tinta roja, lo huelo, siento su textura, analizo la presión del trazo al momento de escritura, pego una y otra vez mi dedo índice a la pegatina del papel hasta que pierde adherencia. Leo. Me asusto. Es un mensaje oscuro, poco claro, obsesivo. Sólo hay preguntas y casi ninguna certeza.
Como todo escrito que nos paraliza, lo dejo ahí. En la mesa, en el cenicero alias “depósito de todo aquello que no tiene sitio en la casa”. Lo miro cuando busco un libro, lo dejo. Vuelvo a sentir su textura cuando me toca cambiarlo de lugar, lo dejo en otro sitio.
Ahora el tiempo viene hacia mí. Ya no soy yo quien decide si lo dejo, lo esquivo o lo cambio de lugar. Es él, el tiempo y el papel quienes eligen no dejarme, enfrentarme y ponerse frente a mí. Es el tiempo, ese tiempo malgastado del que Cortázar ciertamente no hablaba, el que me aprisiona a mí para producir. No puedo dejar que se caiga al suelo y se rompa, aunque lo hubiese querido.
Lo tomo, por fin, y lo leo con detenimiento. En ese instante, me pregunto: ¿ciertamente se trata de algo más…? Así como Lucía sintió una advertencia por las palabras “caerse” y “romperse”. A mí, la idea de certeza me produce un cosquilleo frío. Del mismo modo que un disco rayado repite incansablemente un fragmento. Al igual que una compulsión a la repetición. Del mismo modo que un ritual obsesivo. Se repite. Me advierte, me pregunta, me interpela.
Cómo podemos decir que algo es “ciertamente” de un modo si aún no tenemos idea a qué se hizo referencia con “romper” o “caer”. Y por qué “el tiempo malgastado” es una idea sencilla y trivial.
A eso no lo sabremos. Claro, a menos que se lo preguntemos a Lucía…Y, por asociación, qué quiso decir Cortázar tampoco lo sabremos a menos que se lo preguntemos a Julio que, como todos sabemos, las posibilidades son nulas a excepción de que tengamos la creencia de “otras vidas”…
Yo, no obstante, puedo dar una respuesta sacada de la galera. Y dice así:
Martín, de 3 años, cumplió años el sábado pasado. Igual que muchos niños que nacieron el mismo día que él, a la misma hora y por el mismo canal…el vaginal. Martín, también, al igual que muchos niños de su generación ya no vienen con el chip de los “valores” sino que ese espacio mental está ahora reservado para entender situaciones como “qué significa un ME GUSTA en Facebook” y “por qué el nuevo IPAD es resolucionario”, por ejemplo. Así, el día de su cumpleaños, Nachito, un niñito que viste a diario unos anteojos culo–de–botella, decide traerle de regalo la tradicional y clásica plastilina mosh.
Martín abre el envoltorio con una paciencia impaciente y en el mismo instante que descubre su envoltorio y vislumbra el contenido del regalo, abre la boca como un tigre y grita: ¡que se caiga al suelo y que se rompa! Y se va, enojado, a darle click a cientos de “ME GUSTA” referidos a “odio que me regalen objetos innecesarios en mi cumpleaños” o “el que no fingió una sonrisa de niño frente a un regalo inútil, no ha tenido infancia”.
Nachito, ingenuo y ciego, no llego a ver la cara de odio ni la boca de tigre de Martín; pero algo sí tenía claro: lo que estaba allí dentro era una “plastilina”, con lo cual, la posibilidad de caerse era todavía más plausible…pero ¿romperse? Nachito no entendía cómo…
Miro a su mamá, su mamá lo miró a él y le dijo: Nachito, esto es tiempo y dinero malgastado. Seguro Julito, el del cuento que te leí el otro día de cómo los regalos no son sólo un regalo sino algo más, ciertamente se refería a otras cosas que han quedado implícitas en el texto y que no podemos entender, pero que seguro vas a comprender metafóricamente cuando seas mayor. Te lo digo yo, que aún tengo dudas, pero que creo que “ciertamente se trata de algo más…”
Nachito miro a mamá, miro a la plastilina mosh nuevita, esperando a ser estrenada. Posó su culito (no los anteojos, su culito) en el suelo, la abrió y esbozó un pulgar hacia arriba. Miró a mamá y le dijo: JULITO, ME GUSTA.


martes, 1 de mayo de 2012

El impulso


Qué bien. De haber sido a conciencia la elección de la mesa, no habría sido tan buena ubicación como la que el azar (o la improvisación, o el descuido, o la torpeza) me dio. En el ángulo. Mi mesa está en la esquina que une las dos alas del bar. Hacia mis dos costados, hileras de sillas y mesas se distribuyen mas o menos ordenadamente. A mi izquierda, la ventana. El bar está ocupado a la mitad de su capacidad, o quizás un poco mas.
Todos hablan, masa uniforme el sonido de todas las conversaciones juntas. Promedio de tono, poco mas, poco menos. La temática también ha de ser similar. Factor condicionante de las charlas: estar situado el bar en el mismísimo centro de ciudad universitaria.
Las anotaciones, garabateos que hago, logran pasar bien desapercibidas. Casi todos los presentes tienen sobre sus mesas apuntes, resaltadores, hojas, lapiceras y demás herramientas que todo buen portador del saber autorizado que se precie de tal ha de tener. Algunos escriben. Lo único disruptivo es no tener un apunte al lado a partir del cual hacer anotaciones. Osadía la de sacar palabras desde dentro (?!).
Pienso: bar, ciudad universitaria, charlas, ¿temáticas? ¿Cómo habrá sido un bar, en este mismo lugar, en otra década, tal vez en los '70? ¿De qué palabras se habrán nutrido las charlas? ¿Será que hacían resúmenes o preparaban exposiciones? Nostalgia de lo que no ví, preguntas al vacío; lo único que puedo contemplar ahora es a una sumatoria de grupitos en su frenesí de estar en carrera.
Pero no, vuelvo, tengo que escribir che, que vine a un bar a-buscar-inspiración. Vamos de nuevo: a mi izquierda, la ventana. Afuera hace frío, los primeros fríos, la gente comenzando a abrigarse. Resulta gracioso ver las disparidades de las primeras ropas encimadas: los hay quienes se amontonaron pilas de ropajes, los mas tímidos o progresivos que se adecuan al otoño, y los que se resisten a abandonar la liviandad del verano, y lucen valientemente sus pieles de gallina. Llovizna, ¡debiera ser mas que propicio, maldita inspiración! Mmm... quizás necesita que la estimule con los otros condimentos de la inspiración de un bar, según indica el <manual de musas según situaciones y contextos típicos de escritor>, que llevo en la mochila por si acaso. Veamos que dice....acá está...en el índice encuentro: “contexto de bar, día lluvioso y frío”. Voy a la pagina indicada, que dice: “Se recomienda en estos casos escribir sobre temática triste, preferentemente amorosa (nunca falla). Pida al mozo un café si es de mañana o tarde, o una bebida alcohólica si es de noche, y déjese llevar por la lapicera”. No me gusta el café, arrogancia encascarada. A la bohemia no puedo jugar, no señor, no voy a pedir una cerveza a estas horas tan de sobriedad generalizada y pautada. No hay otra mas que pedir un insulso té.
No hay mozo. No existe la idea siquiera de mozo en este nuevo diseño de bar, híbrido de fast food. Hay que dirigirse al mostrador, pedir, retirar, pagar, dar media vuelta y buscar mesa. Rápido, todo rápido. Insulso, no solo el té.
Ya sé, necesito un impulso, un disparador... a tono con el día frío, lloviznoso, el bar... que va'cer, al final será el vicio de la comodidad caer siempre en el manual... Podría empezar con algo como... “estabas tan extraño el otro día. Tus ojos hablaban, tu boca no. Sentía un hueco en lo profundo del pecho. Hasta podía palparlo, tanteando, con las manos temblorosas, impotentes y dolidas por no poder alcanzar tu rostro, para surcarlo con los dedos. Estabas tan desconcertadamente raro que...”. Pero no, a quien engaño. Aunque basado en hechos reales, recuerdo pasado por la compactadora se vuelve melancolía estándar. Y esta inspiración de cotillón no te va a traer hasta acá, a este bar que no es tan bar, a esta mesa tan rodeada de velocidad, para llegar a ninguna parte.
Ya se hizo la hora. No hay mozo a quien llamar, me voy sin nadie a quien agradecer, ninguna atención. Quizás la llovizna complete el sentido de este, el impulso.

Siluetas

"Ese debe ser el peor trabajo del mundo" dije en voz baja mientras el mozo giraba con impaciencia la bandeja que tenía apretada bajo el otro brazo. Yo miraba hipnotizado a través de la ventana del bar. Un vigilante nocturno, que por la edad podría haber sido mi abuelo, terminaba su turno en un edificio del otro lado de la calle. ¿Qué podría vigilar ese viejo que mejor debía estar en su cama durmiendo? Lo seguí con la mirada mientras bajaba trabajosamente la escalera hacia la vereda y se iba caminando lentamente, con una mueca de dolor a cada paso, enfundado en una campera verde brillante y con un termo bajo el brazo. Vi su silueta empequeñeciéndose por la tristeza, la impotencia, el sinsentido de la vida y por último por la distancia.

Ventana adentro, el mozo carraspeó, trayéndome de vuelta al bar. Seguía parado junto a la mesa con la bandeja bajo el brazo y me miraba con un gesto que interpreté como desafiante. "Perdón - le dije -, espero a alguien." Se alejó refunfuñando su mal humor, dejándome otra vez conmigo mismo. Miré la hora: eran las 8:01 de la mañana. Era raro que todavía no hubieses llegado; me habías dicho a las ocho menos cuarto. Era típico tuyo fijar los encuentros para antes de que el mundo terminara de despertar. No así llegar tarde a ellos.

Mis ojos recorrieron otra vez la calle, buscando al vigilante, y lo encontraron cabeceando en la parada del colectivo, haciendo lo mismo que debía haber hecho toda la noche: esperar. Y cuando el colectivo llegara se subiría y esperaría a su parada, se bajaría y caminaría hasta su casa, una casa fría donde esperaría durmiendo a que sonara el despertador y fuera momento de volver a esperar. ¡Qué lugar tan absurdo este mundo en el que vivimos! Ese hombre hacía lo que hacía, vigilaba un edificio, porque existían otros que aprovecharían si no estuviera vigilando para robar. Uno existía como causa directa de los otros, para anular su acción. Podrían ambos hacer el pacto de no existir y todo seguiría equilibrado, como si en una balanza antigua se quitaran a la vez los pesos equivalentes de ambos platillos. Alrededor todo parecía seguir una lógica parecida: en la calle los automovilistas parados en el semáforo intentaban deshacerse de los limpiavidrios, los peatones cruzando la calle huían de los vendedores que parecían querer abofetearlos con el diario del día, todos ignoraban a los malabaristas en la senda peatonal, para que después el semáforo invirtiera la polaridad y todo quedase en reposo, hasta el próximo cambio que reestablecería la pugna de fuerzas y el equilibrio inestable del mundo... un mundo absurdo.

Las 8:07 y vos todavía no llegabas. El mozo parado contra la barra me miraba fijo, sin disimulo. Le sostuve la mirada algunos pocos segundos, pero no la desvió, lo que me hizo sentir derrotado al volver los ojos contra la ventana. Entonces te descubrí del otro lado de la calle, esperando para cruzar. En un día lluvioso y triste, estabas radiante, totalmente abstraída del pánico a tu alrededor. Así entendí con claridad lo que estaba por suceder: me citabas a primera hora de la mañana, llegabas tarde, necesitabas hablar... ¿quién necesita hablar?

Cuando te sentaste frente a mí, el mozo volvió a acercarse y te alcanzó una carta, sonriendo solo para molestarme. Mientras vos la ojeabas, se deshizo de la sonrisa y me miró a mí. "Un café" le dije. Anotó y volvió a mirarte, otra vez sonriente. "Yo nada" dijiste, devolviéndole la carta, como si lo anterior hubiera sido un amague que me hiciera caer en la trampa, y esperaste que se alejara para agregar que no tenías mucho tiempo.

No quise estar ahí mientras hablabas. Me quedé mirando la danza de las gotas en la ventana: una gota caía despacio, se unía con otra y caían más rápido, hasta que a la segunda o tercera unión el peso las vencía y caían sin remedio hasta el fondo de la ventana.

"Mirame."

Dejé de mirar la ventana y por unos segundos hamaqué los ojos por tus rasgos, hasta que volvieron a caer sobre la mesa. Revolví el café, formando un espiral con la espuma. Después le eché dos sobrecitos de azúcar y el espiral se deshizo. Seguí revolviendo para intentar volver a formarlo, pero no pude; algo se había perdido para siempre en mi café.

"¿Por qué siempre hacés lo mismo?"

Tus palabras me llegaban como si yo fuera parte del mundo lluvioso y triste del otro lado de la ventana, aquel que solo existía para seguir el compás del semáforo, el de las siluetas y antisiluetas que se cancelaban las unas a las otras.

"Listo, me voy".

Te levantaste y zigzagueaste entre las sillas hacia la salida. Algunas caras giraron para seguir tus movimientos hasta que saliste del bar, para después volver a sus vidas. Caminaste con tu gracia habitual entre la coreografía del mundo, atravesaste la calle sin prestar atención al semáforo que te esperaba respetuosamente y te volviste parte de la masa. Ya no te vi. Me tomé el café de un sorbo, solo para no dejarlo ahí, pagué dejando una generosa propina y me fui. Apenas estuve afuera, el mozo se acercó a la mesa para recoger la plata. Mientras sacudía las migas perpetuas de cualquier mesa de bar, miró mi silueta huérfana empequeñecerse en la vereda, caminando hacia la parte más triste de mi vida. Siguió mirándome después de recoger la taza, hasta que doblé en alguna esquina o me perdí entre el resto de la gente.

domingo, 1 de abril de 2012

(título en fase de producción)

-Madre, cuánto falta para mi próximo cumpleaños?
-365 días.

El niño intentó contarlos con los dedos.

-Y hasta cuánto creceré?
-Tal vez hasta aquí (y madre señaló un cajón muy alto donde guardaban los caramelos).
-Madre, cuando crezca... quiero ocuparme de cosas importantes, como quedarme en una ventana y ver el atardecer (y luego intentó llegar al cajón en puntas de pie).

Los invitados eran en su mayoría niños de la escuela. Algunos estaban en el patio, jugando con una pelota y cuando alguno caia al suelo, Madre corría hacia ellos y los llevaba al living, les hacía algún chiste y los niños olvidaban rápido el golpe. Otros niños comían unos sandwichs y panchos adentro de la casa. A niño le asombraba como un conjunto de minutos sencillos y ordinarios, atravesados por un evento especial, devenían fantásticos y entraban en el mundo de los recuerdos.

Cuando llegó el momento de la piñata, lo vió disparar, lo vió alejarse muy rápido; pero cuando las tías se acercaron a saludarlo lo observó, lo midió y lo tomó entre sus dedos. Niño veía como podía casi arrancarlo de las agujitas y los números que estaban en el plato redondo arriba del hogar.

Cuando Madre terminó de despedir al último invitado cerró la puerta. 5 minutos después, tocaron la puerta. Madre algo sorprendida puso su mano en el picaporte y Niño dijo casi en un grito: Madre!, espera! si es el tiempo... no lo dejes pasar.

miércoles, 28 de marzo de 2012

Ana (ve con él)

Ana despertó después de una noche sin sueños, saltó de la cama sobre las pantuflas colocadas la noche anterior para recibir sus pies, entró al baño, se lavó cara-manos-dientes esquivando su mirada en el espejo, encontró sobre la mesada de la cocina la antesala de su desayuno que tomaba mientras calentaba agua, llenó un termo y cebó mates uno tras otro mientras leía los 2 diarios que dejaban en su puerta todas las mañanas; después tomó una ducha rápida, salió de su casa, bajó 4 pisos por las escaleras, salió del edificio, caminó 8 cuadras hasta su trabajo, prendió el celular mientras traspasaba la puerta del edificio, justo a tiempo para empezar a leer y responder mensajes esperando el ascensor y luego subiendo 16 pisos hasta la oficina en la que trabajaba, entró en la oficina, fue dedicando saludos educados pero precisos a sus compañeros junto a los cuales pasaba sin detenerse, hasta que llegó a su oficina, se sentó, prendió su computadora y, mientras ésta iniciaba, revisó los informes que su secretaria tenía instrucciones de dejarle sobre su escritorio, ordenándolos en el escritorio según la prioridad, de modo que para el momento en que su computadora terminaba de encender ella tenía sobre su escritorio una constelación de papeles que iba recorriendo metódicamente hasta la una de la tarde, momento del almuerzo.

Ana apagó el monitor, deshizo con asombrosa precisión sus pasos, decidando a sus compañeros asentimientos a modo de saludo, sacó el celular del bolsillo, verificó antes de llegar al ascensor sus mensajes para responderlos mientras esperaba y bajaba los 16 pisos, salió del edificio, caminó las 8 cuadras hasta su departamento, subió por las escaleras los 4 pisos, entró, fue directo al televisor, lo encendió, verificó que el volumen fuera suficiente para escuchar  desde la cocina las pocas noticias que pudieran haber sucedido durante la mañana, calentó su almuerzo en el microondas, aprovechando los 5 minutos para lavar lo que había quedado sucio después del desayuno y armar una bandeja con lo con lo de siempre, y se sentó a almorzar frente al televisor.

Ana tomó exactamente 35 minutos para almorzar, apagó el televisor, llevó la bandeja a la cocina, recorrió otra vez el camino a su oficina, encontró la telaraña de asuntos que había tejido antes de salir y empezó a desenredarla.

Todos miraban a Ana con admiración. Era rápida, precisa, meticulosa, extremadamente eficiente en lo que hacía. Todo en la vida de Ana sucedía como la predictibilidad del derrumbe calculado de piezas de dominó, cada acción desencadenaba naturalmente en la siguiente, como un péndulo que al ir hacia un lado tomaba impulso para volver hacia el otro. Ana no malgastaba energía, no daba pasos en falso ni puntada sin hilo. Ana era implacable, surcaba la oficina 4 veces por día, nunca se detenía, nunca fallaba, y ellos sabían la hora con solo verla pasar, pero a veces jugaban a preguntársela, porque nunca escuchaban por respuesta “la una y cuarto” o “las siete y cuarto”, sino “la una y trece” o “las siete y diecisiete”, sin que Ana demorara un segundo su paso. Ana era inalcanzable.

Ana apagó su computadora mientras acomodaba el último informe en la pila que su secretaria recogería aantes de irse, tomó su abrigo y bolso, atravesó la oficina despidiéndose de todos por su nombre, esperó el ascensor repitiendo la rutina del celular y entró para recorrer los 16 pisos.

Pero no importa cuan calculadamente viva uno su vida, nadie es inmune al azar. Ana siente cómo luego del piso 9 el ascensor empieza a disminuir su velocidad y se detiene entre el piso 8 y el 7. Ana permanece 5 segundos sumergida en la incertidumbre, mira el tablero y comprueba que nadie llamó el ascensor. Entonces decide que aquello no es normal. El celular no tiene señal. Se le acelera el pulso. Presiona repetidamente el botón de alarma, la escucha sonar, se queda mirando el reloj y después de 10 segundos no ha sucedido nada; 15 segundos y nada; 30 segundos y nada. Ana desespera. Mira alternativamente el celular y el reloj, pero nada: uno sigue inerte, el otro no se detiene; nunca se detiene. Ella no puede detenerse.

Ana escuha ruidos afuera. Alguien llega cerca de la puerta. Un hombre habla.

Ana cree oír su voz.

Pero él está en otro lugar. Vuelve en colectivo de su trabajo. Mira por la ventana, imaginando que llueve. Piensa en ella. Mira su celular, sabiendo que no va a encontrar un mensaje de ella; por la hora, sabe que estará volviendo de su trabajo. Ana es implacable. Él se deja llevar por el colectivo, sintiéndose arrastrado, atropellado por el tiempo y el espacio. Atardeció en la ciudad, es de noche. Él piensa en un amanecer, y se limita a seguir mirando por la ventana, sufriendo por Ana.

Ana vive el rescate en el ascensor teniendo la impersión de ser una expectadora de su propia vida. Sale ayudada por un hombre que no conoce y se queda unos minutos inmóvil, en silencio. El hombre le pregunta si se siente bien, si necesita algo, si quiere que llame a alguien. Ana no responde. Mira fijo a aquel hombre, incapaz de entender lo que le dice. Es corpulento, de piel grasienta, lleva ropa sucia con con manchas de transpiración debajo de las axilas.

Ana supo entonces que era momento de seguir adelante.

Ana le respondió que estaba bien y le agradeció. Después se sacudió la ropa, bajó por la escalera los 7 pisos que la separaban de la calle y empezó a caminar. Caminó las 8 cuadras hasta su edificio con la mente en blanco, subió los 4 pisos hasta su departamento, entró y prendió el televisor. Se preparó algo de cenar mientras escuchaba las noticias del día y después se sentó frente al aparato.

Ana se levantó del sillón, llevó la bandeja a la cocina y se fue a acostar. Antes siguió toda su rutina de higiene. Se metió en la cama con una sensación extraña sin saber muy bien qué era. Tomó una pastilla para dormir más que todas las noches, y apagó la luz.

A la mañana siguiente, Ana despertó de una noche sin sueños.

Flores nuevas


Es un tipo algo simpático. Siempre está en el lugar donde tiene que estar, vestido del modo que
debe vestir. Calculador. ¿Te dije que lleva siempre pantalones negros anchos? Bueno, así viste y
nunca desviste, porque tiene que estar listo por si las dudas, ¿sabes? Igual, todo es así hasta que conoce a Anake. 


Ella es una chica bastante calladita y seria a primera vista, responsable, fue la abanderada en la escuela, todos los domingos misa, en fin, todo lo esperablemente correcto, la nieta que cualquiera quisiera, vos me entendés. La cuestión empezó un domingo después de misa, ella salía, de punta en blanco siempre, para dar primero una vueltita a la plaza y rumbear después pa' las casas. Pero en el recorrido se fué a meter él, medio de un tropezón, por decirlo así. Mientras ella caminaba despacito, midiendo cada paso, y como acariciando el piso, él se fue adelantando, matemáticamente -a razón de dos pasos suyos por cada uno de ella- hasta llegar a su lado, y bastante torpemente, sacar conversación con cualquier pavada, creo que le dijo algo del clima. (no es que sea chusma, eh? Yo los ví de casualidad, porque salí de la iglesia un rato después de ella, y por eso los vi vuelteando a la plaza, medio tonteando te diría).
Y así de simple empezó su historia. Como ella es vecina mía (por eso es que conozco bien como
fué, no es que me interese la vida de otros, no vayas a pensar, eh?), me fui enterando que estaban noviando. Desde el principio noté que las tardes que no pasaba por su casa, ella era capaz de quedarse horas y horas mirando por la ventana, la mirada lánguida, las manos alisando la pollera, sentada en un sillón hamaca. Pa' mi que para él era una distracción, algo para entretenerse en tanta monotonía del pueblo. Él además es un tipo de letras, ¿sabías? Estudió en no se qué universidad, ¡bohemio encima...! Aunque a sus responsabilidades no falla nunca, hay que reconocer. En cambio ella debe haber pensado desde el principio en el casamiento, en los hijos, y todo eso que a una le enseñan a anhelar, ¿no? Él pasaba de cuando en cuando a visitarla, y entonces a ella se le iluminaba la cara, parecía que encandilaba si se la miraba en ese momento. En lo que más se parecían era en la pulcritud, en la perfección de sus presencias, parecía un despliegue de protocolo de la realeza verlos caminar de la mano por la vereda. Porque por lo demás, ¡yo siempre los ví tan distintos...! Igual parece que de alguna forma extraña se entendían los dos, porque anduvieron juntos bastante tiempo. Anake se pasaba las tardes leyendo frente a su ventana los libros que él le prestaba, y mientras, -como excusa-, pispiaba la vereda para ver si ese día pasaba de visita. Nunca entendí por qué ella era siempre la que lo esperaba, y no iba a buscarlo a su casa en vez de estar como una Penélope. Es raro, porque la Anake siempre fué tan independiente... pero bueno, siempre se dice que el amor cambia a la gente, ¿no?
Pero con el tiempo ella fue dejando de habitar la ventana y el sillón, ya no se la veía leyendo tanto tampoco. Salía sola a caminar, igualito a aquel día en la plaza, se sentaba un rato en un banco, clavaba la mirada en cualquier lugar, se quedaba así un buen rato, y cuando una empezaba a pensar (con miedo) si no estaría teniendo síntomas autistas, se levantaba de repente y caminaba a paso mas rápido, hacia su casa (es porque mi casa da justo en dirección transversal a la plaza, y vos sabés cuanto me gusta mirar la plaza a la tarde, teniendo una vista privilegiada así sería un despropósito desaprovecharla, ¿o no? encima con lo lindas que están las plantas en esta época, es sólo por eso que se daba la casualidad de que la veía en su nueva rutina...).
Parecía que ya no le importaba esperarlo. La antigua obsesión se había convertido en la mas plena indiferencia. Ni siquiera rechazo, sino una pura indiferencia. Eso si, cuando la visitaba, Anake lo recibía contenta de todos modos (aunque sospecho que era una alegría de protocolo también). Y parecía que esa cuota de frescura y alegría se la habían intercambiado, traspasado, porque lo que antes él no expresaba, ahora le desbordaba por los poros. No sé si cambió de idea, o lo que al principio era entretenimiento se lo fué tomando sin querer en serio, la cuestión es que al tipo se lo veía cada vez mas entregado. Si, así te lo digo, no exagero. En cada gesto, en cada ademán, en cada movimiento de su cuerpo frente a ella parecía que le ponía a su disposición su humanidad entera, para que ella hiciese o deshiciese, según quisiera. Y parece que la Anake algo descifró en ese mensaje sin palabras, porque hizo y deshizo. Será que se había aburrido de esperar, o que se gastó de repente el frasquito de la pasión muy al principio y no dejó ni una gota para su ansiado matrimonio. Ya para esos tiempos, en que uno se alejaba y el otro mas se acercaba, el protocolo se hizo pedazos y ahora sólo se veía, con una claridad estremecedora, un forcejeo invisible. Ya para esos tiempos te digo, se notaba que no daba para mas (no es que yo hubiera estado pensando en eso eh? para nada, pero era imposible no darse cuenta de esas cosas, con solo verlos nomas...parecía como si se hubieran dibujado en las frentes, con lapicera, los pensamientos de cada uno, como para que todo el pueblo se los lea).
Al tiempito el fulano dejó de ir a su casa (pa' mi que ella lo mandó mudar), pero el Carlos me contó que lo vió muy distinto, muy cambiado al hombre. Lo vió en el bar del Julio, tomando whisky, muy borracho. Del alcohol no me extraña, porque viene de la ciudad, encima de la universidad, y ya sabemos todas las cosas que acostumbran los jóvenes ahí. Pero estaba bastante desalineado, cosa que pensé que era imposible en él. Y dice el Carlos que le contó que no sabe si va a seguir con su trabajo, que quizás renuncia y se vuelve a la ciudad, que tipos como él se buscan en todos lados, que su trabajo lo favorece, pero que tampoco eso le importa, porque se ganó una flor de derrota, de esas de las que cuestan salir. De todas formas, todo muy esperable, de alguien bastante predecible.
En cambio la Anake parece otra. La madre me contó que tiene un poco de miedo a veces, que las cosas que le dice su hija parecen que salieran de otra boca. Dice que lo peor fue un día cuando le contó que “ya lo había enterrado”, y que le dió “un lindo funeral, sencillo pero lindo”. Dice la pobre que casi se cae de espalda al piso del susto que se dió (imagináte!), una hija asesina!, pensó (como hacía varios días no lo veía al fulano ni yendo a su casa ni por las calles del pueblo, sospechó lo peor). Pero ahí nomas, antes de que dijera nada, con una sospechosa tranquilidad Anake le explicó que se puede enterrar a alguien en el pensamiento, que se puede matar aunque la persona ande viva por ahí bien campante. Que era necesario, que la muerte se necesita a veces para nacer, y que además no fue una muerte dolorosa, lo perpetró el mismo día que lo pensó y que fue de un zarpazo y sanseacabó. Que se quede tranquila porque ella igual tira semillas en el lugar donde lo enterró, para que nazcan flores. Flores nuevas, no de las cortadas. Flores con las raíces bien hondo, firmes, en la oscuridad húmeda, silenciosa de la tierra. Que dé un fruto la tierra abonada con aquel que ya no es. Esas fueron las palabras, las mismísimas palabras de la Anake a su madre. Te las digo así porque la pobre de la madre se las memorizó de tanto repetírselas a si misma, tratando de entender a su hija, a la que temía loca. No llegó a otras conclusiones, pero le tranquilizó lo de la muerte solo en el pensamiento. Yo ya no sé qué pensar, Rita. Esta chica era una gran promesa, todas las cualidades, y este buen mozo, de la ciudad, un bien pensante. Para arruinarlo todo, ¿te parece a vos?

Rita, después de un largo rato de quietud, oyente silenciosa durante todo el relato, admirable paciencia o complicidad, ofrece como única respuesta un suspiro largo y profundo, al término del cual decide tomar el impulso para agarrar la pava, y cebar el próximo mate.

Primera consigna: Tiempo



Pero qué video tan chomazo clavó el chomazo de Arjona!

¿Verdad que odiamos Wordpress?

Querida gente,

Como se decidió unánimemente (aunque faltaba un ánima) en la reunión de ayer, LQS vuelve a Blogger con la cola entre las patas. No es que no nos guste el cambio, ni que seamos estructurados, Lu, pero se nos hace muy complicado Wordpress, y en definitiva esto es apenas el espacio que vamos a usar para compartir virtualmente lo que quisiéramos compartir personalmente más seguido, no el nombre de nuestra hija o el color del que vamos a pintar nuestra casa de la playa; es decir, lo importante es que sea cómodo, no que sea original, diferente, revolucionario, o lo que sea que pueda llegar a ser Wordpress a diferencia de Blogger (además de extremadamente complicado). Si lo considerás un atropello a los sagrados derechos que te otorga el Santísimo Reglamento, ya sabés con quién ir a quejarte (Tefi opina que todos nos pasamos el Sagrado Reglamento por el culo, no estoy de acuerdo... creo que debemos honrarlo, respetarlo y pagar por nuestras ofensas hacia Él).

En fin, veamos entonces si este blog resulta más mejor y popular que el anterior, y dejémosnos de vueltas. Ya están todas invitadas... que empiece el show!

Pd: seguimos siendo chomazos.
Pd1: la dirección del blog es tentativa, puede cambiarse en cualquier momento si así se decide; privilegié la diligencia por sobre el acuerdo de las voluntades que, a diferencia de la primera, puede postergarse.