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martes, 1 de mayo de 2012

Siluetas

"Ese debe ser el peor trabajo del mundo" dije en voz baja mientras el mozo giraba con impaciencia la bandeja que tenía apretada bajo el otro brazo. Yo miraba hipnotizado a través de la ventana del bar. Un vigilante nocturno, que por la edad podría haber sido mi abuelo, terminaba su turno en un edificio del otro lado de la calle. ¿Qué podría vigilar ese viejo que mejor debía estar en su cama durmiendo? Lo seguí con la mirada mientras bajaba trabajosamente la escalera hacia la vereda y se iba caminando lentamente, con una mueca de dolor a cada paso, enfundado en una campera verde brillante y con un termo bajo el brazo. Vi su silueta empequeñeciéndose por la tristeza, la impotencia, el sinsentido de la vida y por último por la distancia.

Ventana adentro, el mozo carraspeó, trayéndome de vuelta al bar. Seguía parado junto a la mesa con la bandeja bajo el brazo y me miraba con un gesto que interpreté como desafiante. "Perdón - le dije -, espero a alguien." Se alejó refunfuñando su mal humor, dejándome otra vez conmigo mismo. Miré la hora: eran las 8:01 de la mañana. Era raro que todavía no hubieses llegado; me habías dicho a las ocho menos cuarto. Era típico tuyo fijar los encuentros para antes de que el mundo terminara de despertar. No así llegar tarde a ellos.

Mis ojos recorrieron otra vez la calle, buscando al vigilante, y lo encontraron cabeceando en la parada del colectivo, haciendo lo mismo que debía haber hecho toda la noche: esperar. Y cuando el colectivo llegara se subiría y esperaría a su parada, se bajaría y caminaría hasta su casa, una casa fría donde esperaría durmiendo a que sonara el despertador y fuera momento de volver a esperar. ¡Qué lugar tan absurdo este mundo en el que vivimos! Ese hombre hacía lo que hacía, vigilaba un edificio, porque existían otros que aprovecharían si no estuviera vigilando para robar. Uno existía como causa directa de los otros, para anular su acción. Podrían ambos hacer el pacto de no existir y todo seguiría equilibrado, como si en una balanza antigua se quitaran a la vez los pesos equivalentes de ambos platillos. Alrededor todo parecía seguir una lógica parecida: en la calle los automovilistas parados en el semáforo intentaban deshacerse de los limpiavidrios, los peatones cruzando la calle huían de los vendedores que parecían querer abofetearlos con el diario del día, todos ignoraban a los malabaristas en la senda peatonal, para que después el semáforo invirtiera la polaridad y todo quedase en reposo, hasta el próximo cambio que reestablecería la pugna de fuerzas y el equilibrio inestable del mundo... un mundo absurdo.

Las 8:07 y vos todavía no llegabas. El mozo parado contra la barra me miraba fijo, sin disimulo. Le sostuve la mirada algunos pocos segundos, pero no la desvió, lo que me hizo sentir derrotado al volver los ojos contra la ventana. Entonces te descubrí del otro lado de la calle, esperando para cruzar. En un día lluvioso y triste, estabas radiante, totalmente abstraída del pánico a tu alrededor. Así entendí con claridad lo que estaba por suceder: me citabas a primera hora de la mañana, llegabas tarde, necesitabas hablar... ¿quién necesita hablar?

Cuando te sentaste frente a mí, el mozo volvió a acercarse y te alcanzó una carta, sonriendo solo para molestarme. Mientras vos la ojeabas, se deshizo de la sonrisa y me miró a mí. "Un café" le dije. Anotó y volvió a mirarte, otra vez sonriente. "Yo nada" dijiste, devolviéndole la carta, como si lo anterior hubiera sido un amague que me hiciera caer en la trampa, y esperaste que se alejara para agregar que no tenías mucho tiempo.

No quise estar ahí mientras hablabas. Me quedé mirando la danza de las gotas en la ventana: una gota caía despacio, se unía con otra y caían más rápido, hasta que a la segunda o tercera unión el peso las vencía y caían sin remedio hasta el fondo de la ventana.

"Mirame."

Dejé de mirar la ventana y por unos segundos hamaqué los ojos por tus rasgos, hasta que volvieron a caer sobre la mesa. Revolví el café, formando un espiral con la espuma. Después le eché dos sobrecitos de azúcar y el espiral se deshizo. Seguí revolviendo para intentar volver a formarlo, pero no pude; algo se había perdido para siempre en mi café.

"¿Por qué siempre hacés lo mismo?"

Tus palabras me llegaban como si yo fuera parte del mundo lluvioso y triste del otro lado de la ventana, aquel que solo existía para seguir el compás del semáforo, el de las siluetas y antisiluetas que se cancelaban las unas a las otras.

"Listo, me voy".

Te levantaste y zigzagueaste entre las sillas hacia la salida. Algunas caras giraron para seguir tus movimientos hasta que saliste del bar, para después volver a sus vidas. Caminaste con tu gracia habitual entre la coreografía del mundo, atravesaste la calle sin prestar atención al semáforo que te esperaba respetuosamente y te volviste parte de la masa. Ya no te vi. Me tomé el café de un sorbo, solo para no dejarlo ahí, pagué dejando una generosa propina y me fui. Apenas estuve afuera, el mozo se acercó a la mesa para recoger la plata. Mientras sacudía las migas perpetuas de cualquier mesa de bar, miró mi silueta huérfana empequeñecerse en la vereda, caminando hacia la parte más triste de mi vida. Siguió mirándome después de recoger la taza, hasta que doblé en alguna esquina o me perdí entre el resto de la gente.