Ventana adentro, el mozo carraspeó, trayéndome de vuelta al bar. Seguía parado junto a la mesa con la bandeja bajo el brazo y me miraba con un gesto que interpreté como desafiante. "Perdón - le dije -, espero a alguien." Se alejó refunfuñando su mal humor, dejándome otra vez conmigo mismo. Miré la hora: eran las 8:01 de la mañana. Era raro que todavía no hubieses llegado; me habías dicho a las ocho menos cuarto. Era típico tuyo fijar los encuentros para antes de que el mundo terminara de despertar. No así llegar tarde a ellos.
Mis ojos recorrieron otra vez la calle, buscando al vigilante, y lo encontraron cabeceando en la parada del colectivo, haciendo lo mismo que debía haber hecho toda la noche: esperar. Y cuando el colectivo llegara se subiría y esperaría a su parada, se bajaría y caminaría hasta su casa, una casa fría donde esperaría durmiendo a que sonara el despertador y fuera momento de volver a esperar. ¡Qué lugar tan absurdo este mundo en el que vivimos! Ese hombre hacía lo que hacía, vigilaba un edificio, porque existían otros que aprovecharían si no estuviera vigilando para robar. Uno existía como causa directa de los otros, para anular su acción. Podrían ambos hacer el pacto de no existir y todo seguiría equilibrado, como si en una balanza antigua se quitaran a la vez los pesos equivalentes de ambos platillos. Alrededor todo parecía seguir una lógica parecida: en la calle los automovilistas parados en el semáforo intentaban deshacerse de los limpiavidrios, los peatones cruzando la calle huían de los vendedores que parecían querer abofetearlos con el diario del día, todos ignoraban a los malabaristas en la senda peatonal, para que después el semáforo invirtiera la polaridad y todo quedase en reposo, hasta el próximo cambio que reestablecería la pugna de fuerzas y el equilibrio inestable del mundo... un mundo absurdo.
Las 8:07 y vos todavía no llegabas. El mozo parado contra la barra me miraba fijo, sin disimulo. Le sostuve la mirada algunos pocos segundos, pero no la desvió, lo que me hizo sentir derrotado al volver los ojos contra la ventana. Entonces te descubrí del otro lado de la calle, esperando para cruzar. En un día lluvioso y triste, estabas radiante, totalmente abstraída del pánico a tu alrededor. Así entendí con claridad lo que estaba por suceder: me citabas a primera hora de la mañana, llegabas tarde, necesitabas hablar... ¿quién necesita hablar?
Cuando te sentaste frente a mí, el mozo volvió a acercarse y te alcanzó una carta, sonriendo solo para molestarme. Mientras vos la ojeabas, se deshizo de la sonrisa y me miró a mí. "Un café" le dije. Anotó y volvió a mirarte, otra vez sonriente. "Yo nada" dijiste, devolviéndole la carta, como si lo anterior hubiera sido un amague que me hiciera caer en la trampa, y esperaste que se alejara para agregar que no tenías mucho tiempo.
No quise estar ahí mientras hablabas. Me quedé mirando la danza de las gotas en la ventana: una gota caía despacio, se unía con otra y caían más rápido, hasta que a la segunda o tercera unión el peso las vencía y caían sin remedio hasta el fondo de la ventana.
"Mirame."
Dejé de mirar la ventana y por unos segundos hamaqué los ojos por tus rasgos, hasta que volvieron a caer sobre la mesa. Revolví el café, formando un espiral con la espuma. Después le eché dos sobrecitos de azúcar y el espiral se deshizo. Seguí revolviendo para intentar volver a formarlo, pero no pude; algo se había perdido para siempre en mi café.
"¿Por qué siempre hacés lo mismo?"
Tus palabras me llegaban como si yo fuera parte del mundo lluvioso y triste del otro lado de la ventana, aquel que solo existía para seguir el compás del semáforo, el de las siluetas y antisiluetas que se cancelaban las unas a las otras.
"Listo, me voy".
Te levantaste y zigzagueaste entre las sillas hacia la salida. Algunas caras giraron para seguir tus movimientos hasta que saliste del bar, para después volver a sus vidas. Caminaste con tu gracia habitual entre la coreografía del mundo, atravesaste la calle sin prestar atención al semáforo que te esperaba respetuosamente y te volviste parte de la masa. Ya no te vi. Me tomé el café de un sorbo, solo para no dejarlo ahí, pagué dejando una generosa propina y me fui. Apenas estuve afuera, el mozo se acercó a la mesa para recoger la plata. Mientras sacudía las migas perpetuas de cualquier mesa de bar, miró mi silueta huérfana empequeñecerse en la vereda, caminando hacia la parte más triste de mi vida. Siguió mirándome después de recoger la taza, hasta que doblé en alguna esquina o me perdí entre el resto de la gente.
TRASNCRIBO ESPONTANEIDADES LUEGO DE LEER TU ESCRITO:
ResponderEliminaresta como muy sentido (sofi)
si.. muy lindo( tefi)
me puso la piel de gallina (lu)
me gusto mucho lo de la espuma (lu)
a mi me ha gustado mucho lo de las gotitas de lluvia como se juntan y caen mas velozmente, son cosas que tiendo a detenerme a mirar en una vventana, el recorrido que hacen las gotas (tefi)
a mi me gustaron cuando a la chia le dan la carta y dice que no quiere nada y es como decir que no quiere nada ahi tampoco, los roles estan muy claros y dicen mas alla del dialogo, por mas que no lo vemaos es como si lo estuvieramos viendo, se me hicieron las imagenes muy rapido, muy facil, el bar y el mozo viejo... (sofi)
a mi me gusto mucho lo de las siluetas, eso de que en el mundo hay cosas que existen solo para que existan otras, siluetas que se cancelan, es un concepto muy interesante... (lu)
de las cosas que escribio hora, una de las mejores, unas de las que mas me llego (sofi)
saltan cosas que no hubiesen saltado si el hubiese estado, eso esta bueno (sofi)
15 y 15
ResponderEliminar... si serás obse.
Desde el principio sentí un aire de tristeza en el texto, antes de la escena que se supone es el motor de la tristeza del relato.
ResponderEliminarMuy visual (es decir, se me representaron muy nítidas las escenas) de la mirada del protagonista, desde el afuera y el adentro de la ventana, del "expectador y del protagonista". Y entre todas las escenas, una continuidad: en los tiempos (de espera), en la tristeza, en la rutina,en lo que no se encuentra sentido... Y como parte de ese juego de siluetas que se cancelan me dió la sensacion de que tanto el protagonista como la chica forman parte tambien de esa dinámica, aunque en el relato se dé a entender que eso es lo que les pasa a varias escenas que se aprecian "del otro lado del vidrio del bar".
Gracias por tus palabras Aye! Algo así es lo que intenté.
ResponderEliminarPensé el asunto del paralelismo entre las siluetas del mundo y las de los dos protagonistas y, si bien en alguna de las modificaciones lo insinué con más fuerza, no quiero hacer la reflexión yo, porque siento que le restaría interés al texto. Por otro lado, intenté un juego en el final que no sé si habré conseguido: el narrador es el protagonista, en primera persona, pero aun cuando se va la narración se queda en el bar, como si el alma hubiera quedado ahí, colgada de la silla.