Disparador (Horacio):
El
otro día me sucedió algo de lo más extraño: en el continuo devenir de mi
existencia se generó un blanco, un vacío, un ojo de tormenta en que ninguna
aguja de ningún reloj me tironeaba hacía ingún lado. Entonces, después de
llorar y patalear por la inconmensurable desgracia de haber sido olvidado por
los dioses, arañé algo de compostura desde donde no la había y me resigné a pasar un rato conmigo mismo…
extraña compañía, si las hay, para los tiempos que corren.
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En la habitación se detuvieron las agujas del reloj que colgaba de una pared. Quien lo había comprado años atrás dormía en la cama que estaba junto a la ventana. El reloj era cuadrado, marrón y de plástico: “chino”. Aires bovaristas poco decorosos enfundaban sus agujas con un papel metálico plateado, y trazaban, con notable vagancia, una serie de vetas irregulares que pretendían imitar la madera. Como si todo esto fuese poca humillación para la industria relojera, las agujas castañeteaban al marchar, y no me refiero al legítimo “tic-tac”, sino a un sonido estridente sin traducción convencional, parecido a: “chiquichik-chak”. Haremos un paréntesis histórico aquí para que el lector pueda dimensionar la aparente minucia que hemos descrito. Desde los inicios de la historia del reloj, allá por 1300, el sonido esperable siempre ha sido el mismo: “tic-tac”. Esto no es un mero capricho conservadurista, la maquinaria interna del reloj tradicional es de gran complejidad, y la limpieza del sonido que éste emite es un fiel retrato de su ajuste. Es por esto que un reloj fue por mucho tiempo una obra de arte. Y es por esto que los relojes a pila aún emiten aquel sonido característico: para mantener vivos los momentos adversos de su historia, conservar la identidad, y esas cosas que pasan en todas las comunidades. Además, el asentamiento de este sonido permitió a los seres humanos habituar el oído, y posteriormente el cerebro, pudiendo así dormir en su presencia sin que el inagotable compás alborote el sueño.
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En la habitación se detuvieron las agujas del reloj que colgaba de una pared. Quien lo había comprado años atrás dormía en la cama que estaba junto a la ventana. El reloj era cuadrado, marrón y de plástico: “chino”. Aires bovaristas poco decorosos enfundaban sus agujas con un papel metálico plateado, y trazaban, con notable vagancia, una serie de vetas irregulares que pretendían imitar la madera. Como si todo esto fuese poca humillación para la industria relojera, las agujas castañeteaban al marchar, y no me refiero al legítimo “tic-tac”, sino a un sonido estridente sin traducción convencional, parecido a: “chiquichik-chak”. Haremos un paréntesis histórico aquí para que el lector pueda dimensionar la aparente minucia que hemos descrito. Desde los inicios de la historia del reloj, allá por 1300, el sonido esperable siempre ha sido el mismo: “tic-tac”. Esto no es un mero capricho conservadurista, la maquinaria interna del reloj tradicional es de gran complejidad, y la limpieza del sonido que éste emite es un fiel retrato de su ajuste. Es por esto que un reloj fue por mucho tiempo una obra de arte. Y es por esto que los relojes a pila aún emiten aquel sonido característico: para mantener vivos los momentos adversos de su historia, conservar la identidad, y esas cosas que pasan en todas las comunidades. Además, el asentamiento de este sonido permitió a los seres humanos habituar el oído, y posteriormente el cerebro, pudiendo así dormir en su presencia sin que el inagotable compás alborote el sueño.
Esta
digresión no sólo explica la calaña del reloj que protagoniza nuestro relato,
sino que además explica algo crucial. Debido a las características del sonido
en cuestión, a nuestro joven le llevó más tiempo del promedio iniciar los
procesos de habituación mencionados, por lo que, en este caso, el repentino
“no-castañeteo” de las agujas funcionó como despertador. Fue el silencio el que
envió una señal de advertencia al interior del sueño que el muchacho que compró
el reloj estaba soñando. De repente todo allí dentro enmudeció, y al despertar
notó, no sólo que las manecillas estaban quietas, sino que todo a su alrededor
descansaba en un profundo silencio. Pensó en levantarse y hacer lo de siempre
para no dar importancia a la sensación fría que se le acababa de instalar en el
pecho. Cuando se dispuso a hacerlo, retiró las sábanas, pero éstas no hicieron
su típico frufrú, se puso las
pantuflas, y éstas no rozaron entre sí, ni rechinó el suelo de madera cuando
dieron su primer paso. Luego de algunos minutos de parálisis, y con un leve
temblequeteo en sus manos y un brillo de transpiración en el rostro, nuestro
protagonista desvió la dirección de sus pasos hacia el escritorio. Se sentó,
mientras un pensamiento flotaba en el aire “quién
se cree este venir a instalarse así en mi pieza”. Con un gesto de
resignación tomó lápiz y papel, y como si escribiera algo que nítidamente se
leía en un papiro del otro lado de su pecho, dibujó las siguientes palabras:
”el
cosquilleo de las pestañas
cuando
se arrima mi mirada
a
tus ojos-tobogán”
Luego de
separarse con desdén del papel y el lápiz, y como cualquier lector podrá
anticipar, nuestro muchacho se dirige hacia la puerta con aires de abandonar la
habitación, da un portazo y chiquichic-chak,
todo a su lugar.
Me gusta mucho Lu! Me parece súper original y perfectamente servido ese "final semi-sartenazo". Me empuja a pensar muchas cosas (¿el silencio como sonido estruendoso?) y definitivamente me encanta como termina con ese "chiquichic-chak, todo a su lugar" haciendo las veces de "colorín colorado, este cuento se ha terminado".
ResponderEliminarMe parece que hay un par de cositas menores para corregir de la redacción (si es que no las quisiste así, lo cual también es posible), y, qué notable por algo que me dijiste ayer de mi texto, me puso sumamente incómodo esta oración: "...la maquinaria interna de un reloj mecánico es un mecanismo..." No sé si la hiciste a propósito, y eso es lo que me genera el problema: si es a propósito, creo que debería ser más claramente a propósito; sino, cambiarla.
Pero son cuestiones menores. En líneas generales, me encanta.
¿Qué te llevó a ponerle acento a la etiqueta de tu nombre?
ResponderEliminarme llevo un impulso irrefrenable
ResponderEliminarluego te contesto lo primero sobre las máquinas
gracias por tu comentario hora :)
"Y esto no es un mero capricho conservadurista, la maquinaria interna de un reloj mecánico es un mecanismo de suma complejidad, y la limpieza del sonido que emite es un fiel retrato del ajuste de dicha maquinaria. Es por esto que un reloj fue por mucho tiempo una obra de arte."
ResponderEliminarQué te parece: "Esto no es un mero capricho conservadurista, la maquinaria interna del reloj tradicional es de gran complejidad, y la limpieza del sonido que éste emite es un fiel retrato de su ajuste. Es por esto que un reloj fue por mucho tiempo una obra de arte."
Me gusta más así!
ResponderEliminarOtra cosa: me parece un texto demasiado original y lindo para el título... pero siempre es opinable.
Si, el titulo es algo definitivamente a pensar, es un provisorio porque el "sin titulo" me gusta menos, je!
ResponderEliminarpu...qué cantidad de comentarios alrededor de este texto. Es que es magnífico. Es el texto que más me gusto de Cholu en la era Chomazo...meticuloso, cuidado, pensado y trabajado hasta en el mínimo detalle...una redacción preciosa!
ResponderEliminaray pero tefiiiiiiiiiii, no sera mucho?? Jajaja! estoy trabada con el de la foto, pero quiero escribir algo genuino sobre un tema que tanto me convoca! sera que ir de lleno a lo que uno quiere a veces nos traba? que complicados que somos!
ResponderEliminarreleyendolo ahora, despues de un tiempo, se me ocurre algo que en su momento no percibí: la frase que escribe el protagonista, es música (sí, esas palabras tienen música!), que sigue (que rompe) al silencio anterior
ResponderEliminarbellisimo texto, Lu!
ei que bonito lo de la música, la música siempre es un no-silencio amable. gracias por la re-lectura :)
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