La mañana estaba tranquila, reposando en un rayo de sol. La biblioteca abrió temprano, porque había algunos que hacían cola desde temprano para entrar. Eran tantos los libros que llegaban por dìa que tenían que pedirle a las casas vecinas que les hicieran el favor de guardarlos... y claro que era muy bienvenidos! Si queríamos leer sobre filosofía pre-socrática íbamos a lo de los Pérez, si nos urgía algo de literatura francesa, a lo de Doña Elvira, y así... a veces había que faltar al trabajo porque el libro era extenso y tendríamos que pasar varios días en alguna casa ajena y no era cuestión de empezar un libro y dejarlo ahí, esperando. Porque otro seguro que también lo necesitaba.
Hasta que ese día, entró un señor peticito a la biblioteca y lanzó al aire un estornudo que rompe todos los vidrios... después, un hombre gordo, muy gordo, se deslizó por todo el salón riendo a carcajadas y los libros, del susto, salieron corriendo por la ventana. Por aquellos años, todos sabíamos de la hipersensibilidad auditiva de estos. Entonces fue cuando entró la mujer alta, altísima! que casi no entraba en la sala, asique tuvo que doblarse en dos para entrar por la puerta. Encendió un cigarrillo y exhaló una bocanada que se extendió a todo el lugar, adormeciendo a los guarda libros.
-Well, haven't you got anything to say? - dijo la señora y cerró la puerta.
Cuando todos los estantes de libros estuvieron vacíos, en el cielo raso se vió la sombra de un cóndor, extendiendo sus alas.
Lo mismo, así, exactamente pasó en todas las casas que cuidaban los libros... Bonjour, tristesse!
Eran difíciles los años '70.
Las características de los personajes se dibujan solitas, sus siluetas, sus expresiones, sus andares y pensares;características muy nítidas, marcadas claramente, igualito a tus dibujos!
ResponderEliminarEste es, Sopa, el texto al que te dije que me remite tu cuento (no sé por qué, hace mucho que no lo leo):
ResponderEliminarFin del mundo del fin
Como los escribas continuarán, los pocos lectores que en el mundo había van a cambiar de oficio y se pondrán también de escribas. Cada vez más los países serán de escribas y de fábricas de papel y tinta, los escribas de día y las máquinas de noche para imprimir el trabajo de los escribas. Primero las bibliotecas desbordarán de las casas, entonces las municipalidades deciden (ya estamos en la cosa) sacrificar los terrenos de juegos infantiles para ampliar las bibliotecas. Después ceden los teatros, las maternidades, los mataderos, las cantinas, los hospitales. Los pobres aprovechan los libros como ladrillos, los pegan con cemento y hacen paredes de libros y viven en cabañas de libros. Entonces pasa que los libros rebasan las ciudades y entran en los campos, van aplastando los trigales y los campos de girasol, apenas si la dirección de vialidad consigue que las rutas queden despejadas entre dos altísimas paredes de libros. A veces una pared cede y hay espantosas catástrofes automovilísticas. Los escribas trabajan sin tregua porque la humanidad respeta las vocaciones, y los impresores llegan ya a orillas del mar. El presidente de la república habla por teléfono con los presidentes de las repúblicas, y propone inteligentemente precipitar al mar el sobrante de libros, lo cual se cumple al mismo tiempo en todas las costas del mundo. Así los escribas siberianos ven sus impresos precipitados al mar glacial, y los escribas indonesios etcétera. Esto permite a los escribas aumentar su producción, porque en la tierra vuelve a haber espacio para almacenar sus libros. No piensan que el mar tiene fondo, y que en el fondo del mar empiezan a amontonarse los impresos, primero en forma de pasta aglutinante, después en forma de pasta consolidante, y por fin como un piso resistente aunque viscoso que sube diariamente algunos metros y que terminar por llegar a la superficie. Entonces muchas aguas invaden muchas tierras, se produce una nueva distribución de continentes y océanos, y presidentes de diversas repúblicas son sustituidos por lagos y penínsulas, presidentes de otras repúblicas ven abrirse inmensos territorios a sus ambiciones etcétera. El agua marina, puesta con tanta violencia a expandirse, se evapora más que antes, o busca reposo mezclándose con los impresos para formar la pasta aglutinante, al punto que un día los capitanes de los barcos de las grandes rutas advierten que los barcos avanzan lentamente, de treinta nudos bajan a veinte, a quince, y los motores jadean y las hélices se deforman. Por fin todos los barcos se detienen en distintos puntos de los mares, atrapados por la pasta, y los escribas del mundo entero escriben millares de impresos explicando el fenómeno y llenos de una gran alegría. Los presidentes y los capitanes deciden convertir los barcos en islas y casinos, el público va a pie sobre los mares de cartón a las islas y casinos donde orquestas típicas y características amenizan el ambiente climatizado y se baila hasta avanzadas horas de la madrugada. Nuevos impresos se amontonan a orillas del mar, pero es imposible meterlos en la pasta, y así crecen murallas de impresos y nacen montañas a orillas de los antiguos mares. Los escribas comprenden que las fábricas de papel y tinta van a quebrar, y escriben con letra cada vez más menuda, aprovechando hasta los rincones más imperceptibles de cada papel. Cuando se termina la tinta escriben con lápiz etcétera;
al terminarse el papel escriben en tablas y baldosas etcétera. Empieza a difundirse la costumbre de intercalar un texto en otro para aprovechar las entrelíneas, o se borra con hojas de afeitar las letras impresas para usar de nuevo el papel. Los escribas trabajan lentamente, pero su número es tan inmenso que los impresos separan ya por completo las tierras de los lechos de los antiguos mares. En la tierra vive precariamente la raza de los escribas, condenada a extinguirse, y en el mar están las islas y los casinos o sea los transatlánticos donde se han refugiado los presidentes de las repúblicas, y donde se celebran grandes fiestas y se cambian mensajes de isla a isla, de presidente a presidente, y de capitán a capitán.
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