martes, 22 de mayo de 2012

Comunión

sonreía como una luna en la noche,
mientras con inmensa humanidad, 
preparaba un dulce que nunca probé. 

delante una niña con los ojos muy abiertos,
estaqueados en las manos de la mujer de piel acarbonada.

la gente circula alrededor, ocupada, apurada,
pero allí, en ese rincón entre calles pequeñas,
acontece un hecho solemne.

la mujer y la niña visten ropas con los colores de un paisaje árido, 

ambas olvidan el tiempo y enmudecen los ruidos.

la luna se hincha mientras los brazos se alcanzan. 

con el cuidado que merecen los cristales, 
un dulce es trasladado de un lado al otro.

yo vi el inicio y desenlace: allí no hubo monedas.
sólo una luna, un dulce y un par de ojos despiertos.
un acto sagrado. una comunión.



















Reloj


Disparador (Horacio):
El otro día me sucedió algo de lo más extraño: en el continuo devenir de mi existencia se generó un blanco, un vacío, un ojo de tormenta en que ninguna aguja de ningún reloj me tironeaba hacía ingún lado. Entonces, después de llorar y patalear por la inconmensurable desgracia de haber sido olvidado por los dioses, arañé algo de compostura desde donde no la había y me resigné a pasar un rato conmigo mismo… extraña compañía, si las hay, para los tiempos que corren.
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En la habitación se detuvieron las agujas del reloj que colgaba de una pared. Quien lo había comprado años atrás dormía en la cama que estaba junto a la ventana. El reloj era cuadrado, marrón y de plástico: “chino”. Aires bovaristas poco decorosos enfundaban sus agujas con un papel metálico plateado, y trazaban, con notable vagancia, una serie de vetas irregulares que pretendían imitar la madera. Como si todo esto fuese poca humillación para la industria relojera, las agujas castañeteaban al marchar, y no me refiero al legítimo “tic-tac”, sino a un sonido estridente sin traducción convencional, parecido a: “chiquichik-chak”. Haremos un paréntesis histórico aquí para que el lector pueda dimensionar la aparente minucia que hemos descrito. Desde los inicios de la historia del reloj, allá por 1300, el sonido esperable siempre ha sido el mismo: “tic-tac”. Esto no es un mero capricho conservadurista, la maquinaria interna del reloj tradicional es de gran complejidad, y la limpieza del sonido que éste emite es un fiel retrato de su ajuste. Es por esto que un reloj fue por mucho tiempo una obra de arte. Y es por esto que los relojes a pila aún emiten aquel sonido característico: para mantener vivos los momentos adversos de su historia, conservar la identidad, y esas cosas que pasan en todas las comunidades. Además, el asentamiento de este sonido permitió a los seres humanos habituar el oído, y posteriormente el cerebro, pudiendo así dormir en su presencia sin que el inagotable compás alborote el sueño.
Esta digresión no sólo explica la calaña del reloj que protagoniza nuestro relato, sino que además explica algo crucial. Debido a las características del sonido en cuestión, a nuestro joven le llevó más tiempo del promedio iniciar los procesos de habituación mencionados, por lo que, en este caso, el repentino “no-castañeteo” de las agujas funcionó como despertador. Fue el silencio el que envió una señal de advertencia al interior del sueño que el muchacho que compró el reloj estaba soñando. De repente todo allí dentro enmudeció, y al despertar notó, no sólo que las manecillas estaban quietas, sino que todo a su alrededor descansaba en un profundo silencio. Pensó en levantarse y hacer lo de siempre para no dar importancia a la sensación fría que se le acababa de instalar en el pecho. Cuando se dispuso a hacerlo, retiró las sábanas, pero éstas no hicieron su típico frufrú, se puso las pantuflas, y éstas no rozaron entre sí, ni rechinó el suelo de madera cuando dieron su primer paso. Luego de algunos minutos de parálisis, y con un leve temblequeteo en sus manos y un brillo de transpiración en el rostro, nuestro protagonista desvió la dirección de sus pasos hacia el escritorio. Se sentó, mientras un pensamiento flotaba en el aire “quién se cree este venir a instalarse así en mi pieza”. Con un gesto de resignación tomó lápiz y papel, y como si escribiera algo que nítidamente se leía en un papiro del otro lado de su pecho, dibujó las siguientes palabras:

”el cosquilleo de las pestañas
cuando se arrima mi mirada
a tus ojos-tobogán”

Luego de separarse con desdén del papel y el lápiz, y como cualquier lector podrá anticipar, nuestro muchacho se dirige hacia la puerta con aires de abandonar la habitación, da un portazo y chiquichic-chak, todo a su lugar.



martes, 8 de mayo de 2012

Cuando un cóndor entra en una biblioteca

La mañana estaba tranquila, reposando en un rayo de sol. La biblioteca abrió temprano, porque había algunos que hacían cola desde temprano para entrar. Eran tantos los libros que llegaban por dìa que tenían que pedirle a las casas vecinas que les hicieran el favor de guardarlos... y claro que era muy bienvenidos! Si queríamos leer sobre filosofía pre-socrática íbamos a lo de los Pérez, si nos urgía algo de literatura francesa, a lo de Doña Elvira, y así... a veces había que faltar al trabajo porque el libro era extenso y tendríamos que pasar varios días en alguna casa ajena y no era cuestión de empezar un libro y dejarlo ahí, esperando. Porque otro seguro que también lo necesitaba.
Hasta que ese día, entró un señor peticito a la biblioteca y lanzó al aire un estornudo que rompe todos los vidrios... después, un hombre gordo, muy gordo, se deslizó por todo el salón riendo a carcajadas y los libros, del susto, salieron corriendo por la ventana. Por aquellos años, todos sabíamos de la hipersensibilidad auditiva de estos. Entonces fue cuando entró la mujer alta, altísima! que casi no entraba en la sala, asique tuvo que doblarse en dos para entrar por la puerta. Encendió un cigarrillo y exhaló una bocanada que se extendió a todo el lugar, adormeciendo a los guarda libros.
-Well, haven't you got anything to say? - dijo la señora y cerró la puerta.
Cuando todos los estantes de libros estuvieron vacíos, en el cielo raso se vió la sombra de un cóndor, extendiendo sus alas.
Lo mismo, así, exactamente pasó en todas las casas que cuidaban los libros... Bonjour, tristesse!
Eran difíciles los años '70.

jueves, 3 de mayo de 2012

No bar, no


Esta es la historia de un revolucionario de pelotudeces. Su propósito en la vida no era generar grandes cambios a nivel social, cultural o político sino más bien ir en contra de toda consigna impuesta, por más irrelevante que fuese. Incluso, a veces, iba en contra de su propio bienestar. Por eso le decían “el intrascendente”.
Así, este tipo realizó en su vida numerosos actos absolutamente triviales como no pestañear mientras miraba una película, sufriendo la consecuencia de sequedad en los ojos, ardor y su agregado de insultos permanentes por el malestar. En el cine, tampoco comía en el cine pochoclos sino más bien el maíz que no había derivado en “flor”.
Su preferida era rendir exámenes finales en la Universidad diciendo todo al revés, es decir, en un lenguaje incomprensible que él había apodado “ejaugnel” y que impedía arbalap alos anu in rednerpmoc seroseforp sol a...algo así. Tan es así que todos los docentes quedaban absortos antes los exámenes del tipo y sólo atinaban a estirar su mano, abrir la libreta en la hoja correspondiente, bocharlo y hacer un ademán con su cabeza del estilo “lo siento, nos vemos la próxima”. El intrascendente se levantaba y se iba, sin más.
Es imposible olvidar como él, el tipo, el intrascendente, se empeña en considerar un acto revolucionario escribir, en la computadora con distintos tamaños de letra y sonarse la nariz  con la manga de los buzos.
El intrascendente camina, a propósito, más cuadras de las debidas, por trayectos más largos y 5 minutos antes de lo acordado.
El intrascendente es ese tipo que trasciende sólo porque la gente se detiene a decir, únicamente, 5 palabras en referencia a él y sus conductas: ¿pero qué hace este tipo? Y cada uno sigue con su vida cotidiana, como si nada, sin darle importancia.
El tipo, los del tipo del intrascendente no progresan en sus vidas porque el progreso está subvaluado y porque miran al progreso con ojos de hereje; progresar es sinónimo de perecer. El intrascendente, justamente, es como una especie de electrocardiograma plano, sin ondas ni proyectos.
El intrascendente dice                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                          …porque si.
Continuará…

De Julios, Plastilinas y Me gustas...


CHOLu:
Me he quedado con una imagen de las palabras de Cortázar “…que se caiga al suelo y se rompa” ¿Metáfora de qué es esta escena? Al leerla algo me ha raspado las entrañas, como un cosquilleo frío, una advertencia. ¿De qué modos puede romperse el tiempo? Y más aún… ¿cómo es que éste puede “caerse”? No creo que Julio esté haciendo referencia a la sencilla y trivial idea del tiempo malgastado…ciertamente se trata de algo más…

CHOTe:
Regreso a mi casa. Tomo con cuidado el papel amarillo con tinta roja, lo huelo, siento su textura, analizo la presión del trazo al momento de escritura, pego una y otra vez mi dedo índice a la pegatina del papel hasta que pierde adherencia. Leo. Me asusto. Es un mensaje oscuro, poco claro, obsesivo. Sólo hay preguntas y casi ninguna certeza.
Como todo escrito que nos paraliza, lo dejo ahí. En la mesa, en el cenicero alias “depósito de todo aquello que no tiene sitio en la casa”. Lo miro cuando busco un libro, lo dejo. Vuelvo a sentir su textura cuando me toca cambiarlo de lugar, lo dejo en otro sitio.
Ahora el tiempo viene hacia mí. Ya no soy yo quien decide si lo dejo, lo esquivo o lo cambio de lugar. Es él, el tiempo y el papel quienes eligen no dejarme, enfrentarme y ponerse frente a mí. Es el tiempo, ese tiempo malgastado del que Cortázar ciertamente no hablaba, el que me aprisiona a mí para producir. No puedo dejar que se caiga al suelo y se rompa, aunque lo hubiese querido.
Lo tomo, por fin, y lo leo con detenimiento. En ese instante, me pregunto: ¿ciertamente se trata de algo más…? Así como Lucía sintió una advertencia por las palabras “caerse” y “romperse”. A mí, la idea de certeza me produce un cosquilleo frío. Del mismo modo que un disco rayado repite incansablemente un fragmento. Al igual que una compulsión a la repetición. Del mismo modo que un ritual obsesivo. Se repite. Me advierte, me pregunta, me interpela.
Cómo podemos decir que algo es “ciertamente” de un modo si aún no tenemos idea a qué se hizo referencia con “romper” o “caer”. Y por qué “el tiempo malgastado” es una idea sencilla y trivial.
A eso no lo sabremos. Claro, a menos que se lo preguntemos a Lucía…Y, por asociación, qué quiso decir Cortázar tampoco lo sabremos a menos que se lo preguntemos a Julio que, como todos sabemos, las posibilidades son nulas a excepción de que tengamos la creencia de “otras vidas”…
Yo, no obstante, puedo dar una respuesta sacada de la galera. Y dice así:
Martín, de 3 años, cumplió años el sábado pasado. Igual que muchos niños que nacieron el mismo día que él, a la misma hora y por el mismo canal…el vaginal. Martín, también, al igual que muchos niños de su generación ya no vienen con el chip de los “valores” sino que ese espacio mental está ahora reservado para entender situaciones como “qué significa un ME GUSTA en Facebook” y “por qué el nuevo IPAD es resolucionario”, por ejemplo. Así, el día de su cumpleaños, Nachito, un niñito que viste a diario unos anteojos culo–de–botella, decide traerle de regalo la tradicional y clásica plastilina mosh.
Martín abre el envoltorio con una paciencia impaciente y en el mismo instante que descubre su envoltorio y vislumbra el contenido del regalo, abre la boca como un tigre y grita: ¡que se caiga al suelo y que se rompa! Y se va, enojado, a darle click a cientos de “ME GUSTA” referidos a “odio que me regalen objetos innecesarios en mi cumpleaños” o “el que no fingió una sonrisa de niño frente a un regalo inútil, no ha tenido infancia”.
Nachito, ingenuo y ciego, no llego a ver la cara de odio ni la boca de tigre de Martín; pero algo sí tenía claro: lo que estaba allí dentro era una “plastilina”, con lo cual, la posibilidad de caerse era todavía más plausible…pero ¿romperse? Nachito no entendía cómo…
Miro a su mamá, su mamá lo miró a él y le dijo: Nachito, esto es tiempo y dinero malgastado. Seguro Julito, el del cuento que te leí el otro día de cómo los regalos no son sólo un regalo sino algo más, ciertamente se refería a otras cosas que han quedado implícitas en el texto y que no podemos entender, pero que seguro vas a comprender metafóricamente cuando seas mayor. Te lo digo yo, que aún tengo dudas, pero que creo que “ciertamente se trata de algo más…”
Nachito miro a mamá, miro a la plastilina mosh nuevita, esperando a ser estrenada. Posó su culito (no los anteojos, su culito) en el suelo, la abrió y esbozó un pulgar hacia arriba. Miró a mamá y le dijo: JULITO, ME GUSTA.


martes, 1 de mayo de 2012

El impulso


Qué bien. De haber sido a conciencia la elección de la mesa, no habría sido tan buena ubicación como la que el azar (o la improvisación, o el descuido, o la torpeza) me dio. En el ángulo. Mi mesa está en la esquina que une las dos alas del bar. Hacia mis dos costados, hileras de sillas y mesas se distribuyen mas o menos ordenadamente. A mi izquierda, la ventana. El bar está ocupado a la mitad de su capacidad, o quizás un poco mas.
Todos hablan, masa uniforme el sonido de todas las conversaciones juntas. Promedio de tono, poco mas, poco menos. La temática también ha de ser similar. Factor condicionante de las charlas: estar situado el bar en el mismísimo centro de ciudad universitaria.
Las anotaciones, garabateos que hago, logran pasar bien desapercibidas. Casi todos los presentes tienen sobre sus mesas apuntes, resaltadores, hojas, lapiceras y demás herramientas que todo buen portador del saber autorizado que se precie de tal ha de tener. Algunos escriben. Lo único disruptivo es no tener un apunte al lado a partir del cual hacer anotaciones. Osadía la de sacar palabras desde dentro (?!).
Pienso: bar, ciudad universitaria, charlas, ¿temáticas? ¿Cómo habrá sido un bar, en este mismo lugar, en otra década, tal vez en los '70? ¿De qué palabras se habrán nutrido las charlas? ¿Será que hacían resúmenes o preparaban exposiciones? Nostalgia de lo que no ví, preguntas al vacío; lo único que puedo contemplar ahora es a una sumatoria de grupitos en su frenesí de estar en carrera.
Pero no, vuelvo, tengo que escribir che, que vine a un bar a-buscar-inspiración. Vamos de nuevo: a mi izquierda, la ventana. Afuera hace frío, los primeros fríos, la gente comenzando a abrigarse. Resulta gracioso ver las disparidades de las primeras ropas encimadas: los hay quienes se amontonaron pilas de ropajes, los mas tímidos o progresivos que se adecuan al otoño, y los que se resisten a abandonar la liviandad del verano, y lucen valientemente sus pieles de gallina. Llovizna, ¡debiera ser mas que propicio, maldita inspiración! Mmm... quizás necesita que la estimule con los otros condimentos de la inspiración de un bar, según indica el <manual de musas según situaciones y contextos típicos de escritor>, que llevo en la mochila por si acaso. Veamos que dice....acá está...en el índice encuentro: “contexto de bar, día lluvioso y frío”. Voy a la pagina indicada, que dice: “Se recomienda en estos casos escribir sobre temática triste, preferentemente amorosa (nunca falla). Pida al mozo un café si es de mañana o tarde, o una bebida alcohólica si es de noche, y déjese llevar por la lapicera”. No me gusta el café, arrogancia encascarada. A la bohemia no puedo jugar, no señor, no voy a pedir una cerveza a estas horas tan de sobriedad generalizada y pautada. No hay otra mas que pedir un insulso té.
No hay mozo. No existe la idea siquiera de mozo en este nuevo diseño de bar, híbrido de fast food. Hay que dirigirse al mostrador, pedir, retirar, pagar, dar media vuelta y buscar mesa. Rápido, todo rápido. Insulso, no solo el té.
Ya sé, necesito un impulso, un disparador... a tono con el día frío, lloviznoso, el bar... que va'cer, al final será el vicio de la comodidad caer siempre en el manual... Podría empezar con algo como... “estabas tan extraño el otro día. Tus ojos hablaban, tu boca no. Sentía un hueco en lo profundo del pecho. Hasta podía palparlo, tanteando, con las manos temblorosas, impotentes y dolidas por no poder alcanzar tu rostro, para surcarlo con los dedos. Estabas tan desconcertadamente raro que...”. Pero no, a quien engaño. Aunque basado en hechos reales, recuerdo pasado por la compactadora se vuelve melancolía estándar. Y esta inspiración de cotillón no te va a traer hasta acá, a este bar que no es tan bar, a esta mesa tan rodeada de velocidad, para llegar a ninguna parte.
Ya se hizo la hora. No hay mozo a quien llamar, me voy sin nadie a quien agradecer, ninguna atención. Quizás la llovizna complete el sentido de este, el impulso.

Siluetas

"Ese debe ser el peor trabajo del mundo" dije en voz baja mientras el mozo giraba con impaciencia la bandeja que tenía apretada bajo el otro brazo. Yo miraba hipnotizado a través de la ventana del bar. Un vigilante nocturno, que por la edad podría haber sido mi abuelo, terminaba su turno en un edificio del otro lado de la calle. ¿Qué podría vigilar ese viejo que mejor debía estar en su cama durmiendo? Lo seguí con la mirada mientras bajaba trabajosamente la escalera hacia la vereda y se iba caminando lentamente, con una mueca de dolor a cada paso, enfundado en una campera verde brillante y con un termo bajo el brazo. Vi su silueta empequeñeciéndose por la tristeza, la impotencia, el sinsentido de la vida y por último por la distancia.

Ventana adentro, el mozo carraspeó, trayéndome de vuelta al bar. Seguía parado junto a la mesa con la bandeja bajo el brazo y me miraba con un gesto que interpreté como desafiante. "Perdón - le dije -, espero a alguien." Se alejó refunfuñando su mal humor, dejándome otra vez conmigo mismo. Miré la hora: eran las 8:01 de la mañana. Era raro que todavía no hubieses llegado; me habías dicho a las ocho menos cuarto. Era típico tuyo fijar los encuentros para antes de que el mundo terminara de despertar. No así llegar tarde a ellos.

Mis ojos recorrieron otra vez la calle, buscando al vigilante, y lo encontraron cabeceando en la parada del colectivo, haciendo lo mismo que debía haber hecho toda la noche: esperar. Y cuando el colectivo llegara se subiría y esperaría a su parada, se bajaría y caminaría hasta su casa, una casa fría donde esperaría durmiendo a que sonara el despertador y fuera momento de volver a esperar. ¡Qué lugar tan absurdo este mundo en el que vivimos! Ese hombre hacía lo que hacía, vigilaba un edificio, porque existían otros que aprovecharían si no estuviera vigilando para robar. Uno existía como causa directa de los otros, para anular su acción. Podrían ambos hacer el pacto de no existir y todo seguiría equilibrado, como si en una balanza antigua se quitaran a la vez los pesos equivalentes de ambos platillos. Alrededor todo parecía seguir una lógica parecida: en la calle los automovilistas parados en el semáforo intentaban deshacerse de los limpiavidrios, los peatones cruzando la calle huían de los vendedores que parecían querer abofetearlos con el diario del día, todos ignoraban a los malabaristas en la senda peatonal, para que después el semáforo invirtiera la polaridad y todo quedase en reposo, hasta el próximo cambio que reestablecería la pugna de fuerzas y el equilibrio inestable del mundo... un mundo absurdo.

Las 8:07 y vos todavía no llegabas. El mozo parado contra la barra me miraba fijo, sin disimulo. Le sostuve la mirada algunos pocos segundos, pero no la desvió, lo que me hizo sentir derrotado al volver los ojos contra la ventana. Entonces te descubrí del otro lado de la calle, esperando para cruzar. En un día lluvioso y triste, estabas radiante, totalmente abstraída del pánico a tu alrededor. Así entendí con claridad lo que estaba por suceder: me citabas a primera hora de la mañana, llegabas tarde, necesitabas hablar... ¿quién necesita hablar?

Cuando te sentaste frente a mí, el mozo volvió a acercarse y te alcanzó una carta, sonriendo solo para molestarme. Mientras vos la ojeabas, se deshizo de la sonrisa y me miró a mí. "Un café" le dije. Anotó y volvió a mirarte, otra vez sonriente. "Yo nada" dijiste, devolviéndole la carta, como si lo anterior hubiera sido un amague que me hiciera caer en la trampa, y esperaste que se alejara para agregar que no tenías mucho tiempo.

No quise estar ahí mientras hablabas. Me quedé mirando la danza de las gotas en la ventana: una gota caía despacio, se unía con otra y caían más rápido, hasta que a la segunda o tercera unión el peso las vencía y caían sin remedio hasta el fondo de la ventana.

"Mirame."

Dejé de mirar la ventana y por unos segundos hamaqué los ojos por tus rasgos, hasta que volvieron a caer sobre la mesa. Revolví el café, formando un espiral con la espuma. Después le eché dos sobrecitos de azúcar y el espiral se deshizo. Seguí revolviendo para intentar volver a formarlo, pero no pude; algo se había perdido para siempre en mi café.

"¿Por qué siempre hacés lo mismo?"

Tus palabras me llegaban como si yo fuera parte del mundo lluvioso y triste del otro lado de la ventana, aquel que solo existía para seguir el compás del semáforo, el de las siluetas y antisiluetas que se cancelaban las unas a las otras.

"Listo, me voy".

Te levantaste y zigzagueaste entre las sillas hacia la salida. Algunas caras giraron para seguir tus movimientos hasta que saliste del bar, para después volver a sus vidas. Caminaste con tu gracia habitual entre la coreografía del mundo, atravesaste la calle sin prestar atención al semáforo que te esperaba respetuosamente y te volviste parte de la masa. Ya no te vi. Me tomé el café de un sorbo, solo para no dejarlo ahí, pagué dejando una generosa propina y me fui. Apenas estuve afuera, el mozo se acercó a la mesa para recoger la plata. Mientras sacudía las migas perpetuas de cualquier mesa de bar, miró mi silueta huérfana empequeñecerse en la vereda, caminando hacia la parte más triste de mi vida. Siguió mirándome después de recoger la taza, hasta que doblé en alguna esquina o me perdí entre el resto de la gente.