Al margen
I
El se había visto agradable ese día en el espejo. Con un poco de vergüenza,
sonrió al mirarse. “Soy lindo… o por lo
menos, algo tengo”, pensó. Si se
acercaba mucho veía algunas líneas en su cutis, pero se aseguraba a sí mismo
que esa proximidad no es frecuente cuando dos personas simplemente hablan.
Cuando estaba a punto de salir de su casa, con un par de minutos de
retraso, se detuvo frente a la puerta. Volvió hasta su cuarto y se cambió los
zapatos, agregó un cinturón a tono, y con soberbia seguridad enroscó una
bufanda verde en su cuello. “Ahora sí”. Martín
no era uno de esos tipos que cuando camina por la calle se mira de refilón en
el reflejo de alguna ventana o vidriera. Es más, tenía cierto prejuicio hacia
la gente pendiente de la propia estética.
Cuando llegó a la puerta, ya con un puñado de minutos más de retraso, se
volvió a frenar. Corrió al baño. Se miró y acomodó con una precisión ridícula
los flecos de la bufanda. Vigiló que la tira de su bolso atravesara en diagonal
su pecho, dividiéndolo simétricamente. Creyó preciso encender la luz para un
último vistazo. Al apretar la perilla, la luz duró milésimas de segundo,
inmediatamente la lamparita se quemó. Un momento antes de comenzar a
preocuparse por el fenómeno, sintió algo en su estómago. Cosquillas. La
sensación se propagó hacia el esófago, y una vez arribada a la garganta, lo
escupió:” ¡¿Pero qué estoy haciendo?!”.
Sintió ese calor previo al sudor. Salió corriendo del baño, abrió bruscamente
la puerta y se fue a la oficina.
II
¿Cuántas cosas no llegan
siquiera a configurar un recuerdo, exactamente como si no hubiesen existido? ¿O
es que dejan su paradero en algún desconocido lugar? ¿Incluso aquellos que no
repasamos nunca en una narración? ¿Dónde están esos acontecimientos? ¿Tienen
algún poder sobre nosotros?
Pasadas las doce del mediodía, la eventualidad de la mañana definitivamente
ya no había existido. Martín ya no le prestaba atención a su bufanda, y se encontraba
trabajando con su habitual concentración y empeño. Estaba en ese mismísimo
lugar desde el cual jamás admitiría haber acomodado adrede aquellos flecos.
Sandra, sentada en su escritorio, trabajaba. Once años llevaban trabajando
“juntos” en esa oficina, con los escritorios enfrentados, pasillo de por medio.
“¿Prendés el aire?”, “¿Terminaste el
informe?”, “Salgo un rato, ¿me cubrís?”. Durante once años los diálogos de Martín
y Sandra no habían superado ese ángulo, el de la cordialidad-funcionalidad, o el vértice: convivencia básica. Nada había ocurrido de distinto aquel día, esta
no es una historia de grandes eventos. Es decir, a los once años y un día, las
cosas seguían iguales.
III
O casi iguales. La modificación es tan ínfima que casi no vale la pena
narrarla.
El día anterior al de aquella irrelevante eventualidad, que llamaremos el día de los flecos, hubo algo. Algo
que no puede caracterizarse como un evento. Ese día Martín, mientras trabajaba,
escribió hasta pasar el margen de la hoja. Sí, ese fue el primer eslabón, al
menos eso podría especularse. Este hombre no era exageradamente meticuloso, muchos
menos una persona obsesiva, no tenía estos rasgos exacerbados. Simplemente: no
solía escribir fuera del margen. Casi podría asegurarse que en estos once años
nunca lo había hecho.
La reacción de Martín fue casi nula, mantuvo la mano suspendida en el aire
unos instantes antes de continuar escribiendo en el renglón inferior. Luego
terminó su tarea con seguridad.
El segundo eslabón fue el siguiente. Martín roza la mano de Sandra, deliberadamente,
al entregarle el informe. Percibe algo más además de la suavidad. Percibe que
ella prácticamente no lo nota. Al percatarse de esto último, cada uno de los
objetos del lugar se volvieron a cubrir de polvo. Digamos que Martín miró a su
alrededor al regresar a su escritorio, y encontró todo sencillamente en su
lugar.
“¿Porqué rocé su mano?”.
IV
La verdad es que allí nunca hubo lugar para la atracción física. Ni si
quiera para la vanidad. Sandra tenía el aspecto de una madre de familia y
esposa algo cansada, con ojeras y algunas arrugas. No era una mujer fea,
simplemente llevaba esas marcas en la piel y en los movimientos, que hablan por
sí mismos de etapas ya concluidas, con aire determinante, irreversible. Ella
estaba conforme con su vida, quizás por esto no resultaba atractiva. Parecía no
proponerse seducir, ni consciente ni inconscientemente. Sólo se comportaba de
manera funcional, funcional a lo vivido como su destino.
Ha de ser que algo en Martín se vio afectado al escribir en el margen de la
hoja. Porque deambuló por otros márgenes, casi sin darse cuenta. Rozó su mano,
sin entender porqué. Y antes de irse se encontró mirándola trabajar. Sandra no
le llamaba la atención. Pero retrucando esta certeza, se detuvo a mirarla. Casi
en un gesto de rebeldía.
Martín levantó su mirada hacia el techo, la lámpara que colgaba en medio de
la oficina ya había perdido su color. Luego recorrió las ventanas, miró los
pliegues de las cortinas también descoloridos. Revisó con los ojos un costado
herrumbrado de la puerta que daba a la otra oficina.
Se levantó, tomó su abrigo, saludó y se fue.
V
“¿Cómo estás?”. Otra vez ese cosquilleo en el estómago.
Martín abrió grandes los ojos, mostrando convicción. “-¡Ey, que cómo estas!”. “-¿Bien?,
¿Me alcanzás la abrochadora?”. Ante esta respuesta Martín suspiró. Otra vez
el polvo sobre los objetos. Levantándose, le dio en la mano la abrochadora, y
la miró sostenidamente a los ojos. No pestañeó. Esta vez ella algo notó. Martín
al regresar, no pudo contener los pensamientos. “¿Porqué hago estas pavadas? ¡Es Sandra! ¡Es como la puerta y el
armario!”.
A decir verdad, Martín era sincero con sus sentimientos, hasta algo frívolo
en su franqueza. La situación le era incomprensible, sus emociones y sus actos contrastaban
como rojo y verde, todas estas pequeñeces le resultaban prácticamente ajenas. Sin
embargo estas pequeñeces comenzaron a repetirse, una y otra vez, sin superar el
nivel de un roce o una mirada, pero de una manera extrañamente regular.
VI
Una hipótesis
Martín comenzó a construir simplemente porque allí sólo había muebles. La
situación le parecía desafiante. Parecía que comenzaba a comprender algo, pero
siempre sin poder detenerse en sus livianos y casi imperceptibles cortejos. Una
y otra vez se preguntaba acerca de los motivos. Y el motivo parecía redundar en
la falta de motivos.
Era una mujer casada, con hijos, algo avejentada, conforme, pero no alegre,
indiferente, acostumbrada. Sometida a la vorágine de los deberes y roles que el
destino ya había parecido consagrar para su vida. Era el retrato exacto de
aquel punto hacia el cual los ojos de Martín jamás se dirigirían. Era el
subsuelo de cualquier horizonte suyo. Pero algún factor desconocido, quizás el
azar, una conjunción de diversos estados anímicos o lo que fuese, hizo que
Martín escribiera hasta el borde de la hoja, comenzando a trazar un inesperado
garabato dentro de la trivialidad más incolora.
VII
Hasta que sucedió. Martín se dio cuenta casi al instante, cuando la vio
entrar. Una sonrisa contenida se esbozó en sus comisuras. Ella, la mujer
casada, con hijos, conforme y acostumbrada, se movía como siempre. Pero una fina línea azul recorría sus
párpados, y sus pestañas se encontraban renegridas y más espesas. “¡Se pintó! ¡sepintósepintósepintó!”.
Quizás ni ella comprendía qué hacía maquillada a las 7.30 de la mañana, en la
oficina que sólo compartía con ese hombre un par de años menor que ella. Casado
también, con una hermosa hija. Era tan inusual como tajante.
Sandra tampoco intentó franquear aquel grado de cortejos. Tan sutiles. Que
tan inexplicablemente necesarios se habían vuelto. Nunca rozaron más que sus
manos en algún gesto presuntamente desprevenido. Pero nunca pudieron dejar de
hacerlo. Definitivamente no se trataba de una atracción física, mucho menos de
amor. El narrador se arriesga a pensar que la deliciosa e incontenible
sensación era la de la línea al margen de la hoja. Garabatos. La ventana
abierta en la oficina. Respirar.
