domingo, 24 de junio de 2012


Al margen

I
El se había visto agradable ese día en el espejo. Con un poco de vergüenza, sonrió al mirarse. “Soy lindo… o por lo menos, algo tengo”, pensó.  Si se acercaba mucho veía algunas líneas en su cutis, pero se aseguraba a sí mismo que esa proximidad no es frecuente cuando dos personas simplemente hablan.
Cuando estaba a punto de salir de su casa, con un par de minutos de retraso, se detuvo frente a la puerta. Volvió hasta su cuarto y se cambió los zapatos, agregó un cinturón a tono, y con soberbia seguridad enroscó una bufanda verde en su cuello. “Ahora sí”. Martín no era uno de esos tipos que cuando camina por la calle se mira de refilón en el reflejo de alguna ventana o vidriera. Es más, tenía cierto prejuicio hacia la gente pendiente de la propia estética.
Cuando llegó a la puerta, ya con un puñado de minutos más de retraso, se volvió a frenar. Corrió al baño. Se miró y acomodó con una precisión ridícula los flecos de la bufanda. Vigiló que la tira de su bolso atravesara en diagonal su pecho, dividiéndolo simétricamente. Creyó preciso encender la luz para un último vistazo. Al apretar la perilla, la luz duró milésimas de segundo, inmediatamente la lamparita se quemó. Un momento antes de comenzar a preocuparse por el fenómeno, sintió algo en su estómago. Cosquillas. La sensación se propagó hacia el esófago, y una vez arribada a la garganta, lo escupió:” ¡¿Pero qué estoy haciendo?!”. Sintió ese calor previo al sudor. Salió corriendo del baño, abrió bruscamente la puerta y se fue a la oficina.

II
¿Cuántas cosas no llegan siquiera a configurar un recuerdo, exactamente como si no hubiesen existido? ¿O es que dejan su paradero en algún desconocido lugar? ¿Incluso aquellos que no repasamos nunca en una narración? ¿Dónde están esos acontecimientos? ¿Tienen algún poder sobre nosotros?

Pasadas las doce del mediodía, la eventualidad de la mañana definitivamente ya no había existido. Martín ya no le prestaba atención a su bufanda, y se encontraba trabajando con su habitual concentración y empeño. Estaba en ese mismísimo lugar desde el cual jamás admitiría haber acomodado adrede aquellos flecos.

Sandra, sentada en su escritorio, trabajaba. Once años llevaban trabajando “juntos” en esa oficina, con los escritorios enfrentados, pasillo de por medio. “¿Prendés el aire?”, “¿Terminaste el informe?”, “Salgo un rato, ¿me cubrís?”. Durante once años los diálogos de Martín y Sandra no habían superado ese ángulo, el de la cordialidad-funcionalidad, o el vértice: convivencia básica. Nada había ocurrido de distinto aquel día, esta no es una historia de grandes eventos. Es decir, a los once años y un día, las cosas seguían iguales.

III
O casi iguales. La modificación es tan ínfima que casi no vale la pena narrarla.
El día anterior al de aquella irrelevante eventualidad, que llamaremos el día de los flecos, hubo algo. Algo que no puede caracterizarse como un evento. Ese día Martín, mientras trabajaba, escribió hasta pasar el margen de la hoja. Sí, ese fue el primer eslabón, al menos eso podría especularse. Este hombre no era exageradamente meticuloso, muchos menos una persona obsesiva, no tenía estos rasgos exacerbados. Simplemente: no solía escribir fuera del margen. Casi podría asegurarse que en estos once años nunca lo había hecho.
La reacción de Martín fue casi nula, mantuvo la mano suspendida en el aire unos instantes antes de continuar escribiendo en el renglón inferior. Luego terminó su tarea con seguridad.
El segundo eslabón fue el siguiente. Martín roza la mano de Sandra, deliberadamente, al entregarle el informe. Percibe algo más además de la suavidad. Percibe que ella prácticamente no lo nota. Al percatarse de esto último, cada uno de los objetos del lugar se volvieron a cubrir de polvo. Digamos que Martín miró a su alrededor al regresar a su escritorio, y encontró todo sencillamente en su lugar.
“¿Porqué rocé su mano?”.

IV
La verdad es que allí nunca hubo lugar para la atracción física. Ni si quiera para la vanidad. Sandra tenía el aspecto de una madre de familia y esposa algo cansada, con ojeras y algunas arrugas. No era una mujer fea, simplemente llevaba esas marcas en la piel y en los movimientos, que hablan por sí mismos de etapas ya concluidas, con aire determinante, irreversible. Ella estaba conforme con su vida, quizás por esto no resultaba atractiva. Parecía no proponerse seducir, ni consciente ni inconscientemente. Sólo se comportaba de manera funcional, funcional a lo vivido como su destino.
Ha de ser que algo en Martín se vio afectado al escribir en el margen de la hoja. Porque deambuló por otros márgenes, casi sin darse cuenta. Rozó su mano, sin entender porqué. Y antes de irse se encontró mirándola trabajar. Sandra no le llamaba la atención. Pero retrucando esta certeza, se detuvo a mirarla. Casi en un gesto de rebeldía.
Martín levantó su mirada hacia el techo, la lámpara que colgaba en medio de la oficina ya había perdido su color. Luego recorrió las ventanas, miró los pliegues de las cortinas también descoloridos. Revisó con los ojos un costado herrumbrado de la puerta que daba a la otra oficina.
Se levantó, tomó su abrigo, saludó y se fue.

V
“¿Cómo estás?”. Otra vez ese cosquilleo en el estómago. Martín abrió grandes los ojos, mostrando convicción. “-¡Ey, que cómo estas!”. “-¿Bien?, ¿Me alcanzás la abrochadora?”. Ante esta respuesta Martín suspiró. Otra vez el polvo sobre los objetos. Levantándose, le dio en la mano la abrochadora, y la miró sostenidamente a los ojos. No pestañeó. Esta vez ella algo notó. Martín al regresar, no pudo contener los pensamientos. “¿Porqué hago estas pavadas? ¡Es Sandra! ¡Es como la puerta y el armario!”.
A decir verdad, Martín era sincero con sus sentimientos, hasta algo frívolo en su franqueza. La situación le era incomprensible, sus emociones y sus actos contrastaban como rojo y verde, todas estas pequeñeces le resultaban prácticamente ajenas. Sin embargo estas pequeñeces comenzaron a repetirse, una y otra vez, sin superar el nivel de un roce o una mirada, pero de una manera extrañamente regular.

VI
Una hipótesis
Martín comenzó a construir simplemente porque allí sólo había muebles. La situación le parecía desafiante. Parecía que comenzaba a comprender algo, pero siempre sin poder detenerse en sus livianos y casi imperceptibles cortejos. Una y otra vez se preguntaba acerca de los motivos. Y el motivo parecía redundar en la falta de motivos.
Era una mujer casada, con hijos, algo avejentada, conforme, pero no alegre, indiferente, acostumbrada. Sometida a la vorágine de los deberes y roles que el destino ya había parecido consagrar para su vida. Era el retrato exacto de aquel punto hacia el cual los ojos de Martín jamás se dirigirían. Era el subsuelo de cualquier horizonte suyo. Pero algún factor desconocido, quizás el azar, una conjunción de diversos estados anímicos o lo que fuese, hizo que Martín escribiera hasta el borde de la hoja, comenzando a trazar un inesperado garabato dentro de la trivialidad más incolora.

VII
Hasta que sucedió. Martín se dio cuenta casi al instante, cuando la vio entrar. Una sonrisa contenida se esbozó en sus comisuras. Ella, la mujer casada, con hijos, conforme y acostumbrada, se movía como siempre.  Pero una fina línea azul recorría sus párpados, y sus pestañas se encontraban renegridas y más espesas. “¡Se pintó! ¡sepintósepintósepintó!”. Quizás ni ella comprendía qué hacía maquillada a las 7.30 de la mañana, en la oficina que sólo compartía con ese hombre un par de años menor que ella. Casado también, con una hermosa hija. Era tan inusual como tajante.
Sandra tampoco intentó franquear aquel grado de cortejos. Tan sutiles. Que tan inexplicablemente necesarios se habían vuelto. Nunca rozaron más que sus manos en algún gesto presuntamente desprevenido. Pero nunca pudieron dejar de hacerlo. Definitivamente no se trataba de una atracción física, mucho menos de amor. El narrador se arriesga a pensar que la deliciosa e incontenible sensación era la de la línea al margen de la hoja. Garabatos. La ventana abierta en la oficina. Respirar.







martes, 19 de junio de 2012

(de) adentro / (a) afuera




Mirada, mas compleja, enriquecida

Captura una escena,
recorta un escenario,
construye un mensaje
(reza el racional sentido).

Quizás allí radique
el problema
desde la concepción misma
de la idea
del proceso

Seguramente no será así
-razonamiento lógico, lógicamente limitado-
que se generen esas obras

Un adentro florecido
                                              (“enigmático, llamativo”,
                                 dicen los seres racionales
                                 que llegan a mostrarse
                                 mas interesados)

Un afuera en blanco y negro
                                                           (pesadumbre inevitable,
                                             de estos mismos seres,
                                             dentro de su jaula abierta)

Ojos,
piel,
latidos
en una escena.
Simple / Compleja.
Sonrisas
compañías
soledades
plazas
esquinas
tantos arboles!

Qué pena
desde este afuera ciego
hay partes de cada imagen
(que allí habitan,
que desde ahí nos gritan)
que nos deben estar vedadas
por discapacidad de sentidos
de cualquier transeúnte ra-cio-nal...

a-dentro
a-fuera
al revés.




martes, 22 de mayo de 2012

Comunión

sonreía como una luna en la noche,
mientras con inmensa humanidad, 
preparaba un dulce que nunca probé. 

delante una niña con los ojos muy abiertos,
estaqueados en las manos de la mujer de piel acarbonada.

la gente circula alrededor, ocupada, apurada,
pero allí, en ese rincón entre calles pequeñas,
acontece un hecho solemne.

la mujer y la niña visten ropas con los colores de un paisaje árido, 

ambas olvidan el tiempo y enmudecen los ruidos.

la luna se hincha mientras los brazos se alcanzan. 

con el cuidado que merecen los cristales, 
un dulce es trasladado de un lado al otro.

yo vi el inicio y desenlace: allí no hubo monedas.
sólo una luna, un dulce y un par de ojos despiertos.
un acto sagrado. una comunión.



















Reloj


Disparador (Horacio):
El otro día me sucedió algo de lo más extraño: en el continuo devenir de mi existencia se generó un blanco, un vacío, un ojo de tormenta en que ninguna aguja de ningún reloj me tironeaba hacía ingún lado. Entonces, después de llorar y patalear por la inconmensurable desgracia de haber sido olvidado por los dioses, arañé algo de compostura desde donde no la había y me resigné a pasar un rato conmigo mismo… extraña compañía, si las hay, para los tiempos que corren.
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En la habitación se detuvieron las agujas del reloj que colgaba de una pared. Quien lo había comprado años atrás dormía en la cama que estaba junto a la ventana. El reloj era cuadrado, marrón y de plástico: “chino”. Aires bovaristas poco decorosos enfundaban sus agujas con un papel metálico plateado, y trazaban, con notable vagancia, una serie de vetas irregulares que pretendían imitar la madera. Como si todo esto fuese poca humillación para la industria relojera, las agujas castañeteaban al marchar, y no me refiero al legítimo “tic-tac”, sino a un sonido estridente sin traducción convencional, parecido a: “chiquichik-chak”. Haremos un paréntesis histórico aquí para que el lector pueda dimensionar la aparente minucia que hemos descrito. Desde los inicios de la historia del reloj, allá por 1300, el sonido esperable siempre ha sido el mismo: “tic-tac”. Esto no es un mero capricho conservadurista, la maquinaria interna del reloj tradicional es de gran complejidad, y la limpieza del sonido que éste emite es un fiel retrato de su ajuste. Es por esto que un reloj fue por mucho tiempo una obra de arte. Y es por esto que los relojes a pila aún emiten aquel sonido característico: para mantener vivos los momentos adversos de su historia, conservar la identidad, y esas cosas que pasan en todas las comunidades. Además, el asentamiento de este sonido permitió a los seres humanos habituar el oído, y posteriormente el cerebro, pudiendo así dormir en su presencia sin que el inagotable compás alborote el sueño.
Esta digresión no sólo explica la calaña del reloj que protagoniza nuestro relato, sino que además explica algo crucial. Debido a las características del sonido en cuestión, a nuestro joven le llevó más tiempo del promedio iniciar los procesos de habituación mencionados, por lo que, en este caso, el repentino “no-castañeteo” de las agujas funcionó como despertador. Fue el silencio el que envió una señal de advertencia al interior del sueño que el muchacho que compró el reloj estaba soñando. De repente todo allí dentro enmudeció, y al despertar notó, no sólo que las manecillas estaban quietas, sino que todo a su alrededor descansaba en un profundo silencio. Pensó en levantarse y hacer lo de siempre para no dar importancia a la sensación fría que se le acababa de instalar en el pecho. Cuando se dispuso a hacerlo, retiró las sábanas, pero éstas no hicieron su típico frufrú, se puso las pantuflas, y éstas no rozaron entre sí, ni rechinó el suelo de madera cuando dieron su primer paso. Luego de algunos minutos de parálisis, y con un leve temblequeteo en sus manos y un brillo de transpiración en el rostro, nuestro protagonista desvió la dirección de sus pasos hacia el escritorio. Se sentó, mientras un pensamiento flotaba en el aire “quién se cree este venir a instalarse así en mi pieza”. Con un gesto de resignación tomó lápiz y papel, y como si escribiera algo que nítidamente se leía en un papiro del otro lado de su pecho, dibujó las siguientes palabras:

”el cosquilleo de las pestañas
cuando se arrima mi mirada
a tus ojos-tobogán”

Luego de separarse con desdén del papel y el lápiz, y como cualquier lector podrá anticipar, nuestro muchacho se dirige hacia la puerta con aires de abandonar la habitación, da un portazo y chiquichic-chak, todo a su lugar.



martes, 8 de mayo de 2012

Cuando un cóndor entra en una biblioteca

La mañana estaba tranquila, reposando en un rayo de sol. La biblioteca abrió temprano, porque había algunos que hacían cola desde temprano para entrar. Eran tantos los libros que llegaban por dìa que tenían que pedirle a las casas vecinas que les hicieran el favor de guardarlos... y claro que era muy bienvenidos! Si queríamos leer sobre filosofía pre-socrática íbamos a lo de los Pérez, si nos urgía algo de literatura francesa, a lo de Doña Elvira, y así... a veces había que faltar al trabajo porque el libro era extenso y tendríamos que pasar varios días en alguna casa ajena y no era cuestión de empezar un libro y dejarlo ahí, esperando. Porque otro seguro que también lo necesitaba.
Hasta que ese día, entró un señor peticito a la biblioteca y lanzó al aire un estornudo que rompe todos los vidrios... después, un hombre gordo, muy gordo, se deslizó por todo el salón riendo a carcajadas y los libros, del susto, salieron corriendo por la ventana. Por aquellos años, todos sabíamos de la hipersensibilidad auditiva de estos. Entonces fue cuando entró la mujer alta, altísima! que casi no entraba en la sala, asique tuvo que doblarse en dos para entrar por la puerta. Encendió un cigarrillo y exhaló una bocanada que se extendió a todo el lugar, adormeciendo a los guarda libros.
-Well, haven't you got anything to say? - dijo la señora y cerró la puerta.
Cuando todos los estantes de libros estuvieron vacíos, en el cielo raso se vió la sombra de un cóndor, extendiendo sus alas.
Lo mismo, así, exactamente pasó en todas las casas que cuidaban los libros... Bonjour, tristesse!
Eran difíciles los años '70.

jueves, 3 de mayo de 2012

No bar, no


Esta es la historia de un revolucionario de pelotudeces. Su propósito en la vida no era generar grandes cambios a nivel social, cultural o político sino más bien ir en contra de toda consigna impuesta, por más irrelevante que fuese. Incluso, a veces, iba en contra de su propio bienestar. Por eso le decían “el intrascendente”.
Así, este tipo realizó en su vida numerosos actos absolutamente triviales como no pestañear mientras miraba una película, sufriendo la consecuencia de sequedad en los ojos, ardor y su agregado de insultos permanentes por el malestar. En el cine, tampoco comía en el cine pochoclos sino más bien el maíz que no había derivado en “flor”.
Su preferida era rendir exámenes finales en la Universidad diciendo todo al revés, es decir, en un lenguaje incomprensible que él había apodado “ejaugnel” y que impedía arbalap alos anu in rednerpmoc seroseforp sol a...algo así. Tan es así que todos los docentes quedaban absortos antes los exámenes del tipo y sólo atinaban a estirar su mano, abrir la libreta en la hoja correspondiente, bocharlo y hacer un ademán con su cabeza del estilo “lo siento, nos vemos la próxima”. El intrascendente se levantaba y se iba, sin más.
Es imposible olvidar como él, el tipo, el intrascendente, se empeña en considerar un acto revolucionario escribir, en la computadora con distintos tamaños de letra y sonarse la nariz  con la manga de los buzos.
El intrascendente camina, a propósito, más cuadras de las debidas, por trayectos más largos y 5 minutos antes de lo acordado.
El intrascendente es ese tipo que trasciende sólo porque la gente se detiene a decir, únicamente, 5 palabras en referencia a él y sus conductas: ¿pero qué hace este tipo? Y cada uno sigue con su vida cotidiana, como si nada, sin darle importancia.
El tipo, los del tipo del intrascendente no progresan en sus vidas porque el progreso está subvaluado y porque miran al progreso con ojos de hereje; progresar es sinónimo de perecer. El intrascendente, justamente, es como una especie de electrocardiograma plano, sin ondas ni proyectos.
El intrascendente dice                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                          …porque si.
Continuará…